Sobre la nación, el nacionalismo y el internacionalismo
Carlos Martinez es politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo
Para abordar con rigor la cuestión de la nación, el nacionalismo y el internacionalismo, debemos comenzar distinguiendo planos que a menudo se confunden. Las naciones, tal como las entendemos hoy en términos jurídico- políticos —esto es, como Estados soberanos con leyes, instituciones y fronteras definidas—, son en realidad una construcción reciente si las situamos en la escala del tiempo histórico. Surgieron realmente y tal y como hoy las definimos, tras las revoluciones americana, francesa y las liberales. Cierto que algunas en Europa y se fueron consolidando con el concurso de reyes y señores que unificaron territorios, a menudo con escasa o nula consideración hacia la voluntad de los pueblos. Pero para evitar caer en una contradicción, es preciso distinguir entre el Estado-nación moderno y la comunidad cultural, civilizacional o pueblo con una lengua, tradiciones y memoria histórica compartidas. Existen realidades nacionales muy antiguas en este segundo sentido, como China, Irán o Egipto, que son civilizaciones milenarias; sin embargo, su actual configuración como Estados-nación soberanos es mucho
más reciente. Esta distinción es clave para entender que, si bien muchas naciones se inventan – el caso africano es paradigmático- o se mitifican, no por ello debemos negar la existencia de sustratos históricos profundos.
Las naciones necesitan mitos fundacionales que justifiquen su existencia o que nieguen realidades incómodas para el relato oficial. Un ejemplo paradigmático es el sionismo. Este movimiento construyó su relato histórico tomando la Biblia como fuente y temporizando los tiempos bíblicos a su conveniencia. La moderna ciencia arqueológica ha demostrado que gran parte de ese relato
épico está fuertemente mitologizado; no se trata de negar toda historicidad, pues existieron reinos como Judá e Israel, pero la arqueología actual señala que su pasado fue mucho más primitivo, pobre, poco brillante y descentralizado de lo que narra la Escritura. El mito se reviste de caracteres religiosos y raciales, cuando las religiones —y menos aún las monoteístas— no justifican
por sí mismas una etnia ni una raza. Lo que ocurre es que, en el nacionalismo moderno, la religión puede ser instrumentalizada como cemento identitario, pero ello no convierte la fe en un hecho biológico. Este fenómeno de mitificación no es exclusivo del sionismo; también lo encontramos entre muchas otras en la historia de España. Veamos un ejemplo que puede ser incómodo, pero por ello muy importante. Quienes afirman que el islam no tiene nada que ver con el actual Reino de España y su cultura propia, ocultan, tal vez por ignorancia o por incultura, que el islam llegó a la península ibérica en el año 711 y fue bien recibido por una población hispano-romana que, en gran medida, se integró en la nueva sociedad. Eso sí, los historiadores actuales matizan que la conversión al islam no fue inmediata; fue un proceso gradual que duró siglos, y durante mucho tiempo una parte de la población siguió siendo mozárabe (cristiana en territorio musulmán). Lo quees incuestionable es que los árabes étnicos eran una exigua minoría entre la élite gobernante, y los magrebíes, aunque más numerosos, constituían otra minoría. El grueso de la población estaba compuesto por hispanos convertidos e islamizados y por descendientes de algunas tribus bereberes, pero pocos igualmente. Por otro lado, no todos los reyes de la llamada Reconquista persiguieron el islam con el mismo ahínco; fue la influencia de la Inquisición, ya a finales del siglo XVI, la que determinó su persecución sistemática y su expulsión, lo que creó graves problemas económicos en Aragón, Valencia y Andalucía, si bien no borró una rica herencia arquitectónica, productiva y agraria, así como en las lenguas y los patronímicos. El mito de la Reconquista ha sido fundamental para la historiografía conservadora, aunque es cierto que la realidad fue más compleja: la Reconquista la llevaron adelante reinos independientes entre sí, sin un mando unificado, aunque en algunos momentos puntuales sí existió un ideario cruzado o de coordinación militar, que el relato nacionalista exageró hasta convertir en una gesta unitaria. Con esto no pretendo ni negar un proceso de unificación paulatina y diversa a partir de finales del siglo XV ni alimentar ninguna leyenda negra posterior, porque precisamente esa leyenda nace con la ocupación colonial de las Américas, con la impulsada por potencias coloniales como Inglaterra u Holanda, caracterizadas por su racismo, su crueldad y su rapiña. Esos imperios protestantes necesitaban denigrar al imperio español para ocultar su propio fanatismo religioso y su expolio económico. Pero los imperios, en general, son un proceso histórico que consideramos afortunadamente superado o en fase avanzada de ser derrotado, precisamente por la resistencia de sus antiguas colonias y por la reafirmación de naciones muy antiguas como China o Irán, que también fueron intervenidas y saqueadas por el colonialismo occidental.
Llegados a este punto, debemos simplificar nuestro análisis ante la nueva realidad global. El camino hacia un mundo más justo bebe de dos fuentes filosóficas principales: el cosmopolitismo, cuyos albores modernos se remontan al pensamiento de Maquiavelo, y el internacionalismo, formulado científicamente por Carlos Marx a partir del siglo XIX. Sin embargo, es necesario matizar el papel de Maquiavelo: más que un cosmopolita en el sentido actual, fue un teórico del poder estatal y de la república cívica, que defendió la soberanía de los pueblos frente a la injerencia de la Iglesia y del Sacro Imperio. Marx, por su parte, descubrió y teorizó la lucha de clases, señalando que todas las élites burguesas nacionales explotan a sus obreros. Sin embargo, sería un error afirmar que Marx negaba rotundamente las identidades nacionales; más bien las consideraba secundarias frente a los intereses de clase, y de hecho apoyó ciertos movimientos nacionales de liberación —como el polaco o el italiano— cuando los consideraba progresistas. El internacionalismo no desea distraerse en historias identitarias excluyentes o que se alejen de la lucha social de clase, pues el género humano es la internacional, pero sabe que debe partir de las realidades concretas.
Aquí surge una aparente contradicción que debemos resolver: si el internacionalismo rechaza las identidades nacionales cerradas, ¿por qué la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT o I Internacional) organizó a las clases obreras partiendo de realidades populares y nacionales y/o estatales ya existentes? La respuesta es que el internacionalismo no es abstracto; para ser
eficaz, debe encuadrar a los trabajadores en sus contextos nacionales y estatales, que son el escenario real de la lucha política y económica. La realidad es que naciones y Estados existen, y la conquista del poder en esos Estados es el camino necesario para la consecución del socialismo. En nuestros días, sin soberanía nacional no hay posibilidad de construir un proyecto socialista, ni siquiera de demostrar que el socialismo es beneficioso para las personas, porque la soberanía es la herramienta que permite sustraer la economía de la lógica del capital transnacional. En este contexto, el Estado-nación más avanzado y con mayor éxito en la transición al socialismo es China, que representa un modelo de desarrollo estatal planificado y de mercado socialista con características propias. Por el contrario, la Unión Europea se presenta como un constructo jurídico y económico que, en la práctica, impide el avance de políticas socialistas. Ahora bien, debemos ser precisos: si bien la UE no declara ilegal el socialismo como sistema; sus tratados establecen de forma obligatoria una economía de mercado abierta y regulan las ayudas estatales prohibiéndolas si pueden además de chantajear con cortar los fondos, ayudas y préstamos, pero no prohíben la existencia de empresas públicas o modelos económicos siempre que sean mixtos (de hecho, varios países miembros tienen importantes sectores públicos) Aunque en retroceso por la furia neoliberal que impulsa la Unión. Lo que sí hace la UE es defender férreamente el neoliberalismo, la competencia y la disciplina fiscal, lo que dificulta enormemente cualquier intento de nacionalización o de expansión del estado del bienestar más allá de los márgenes permitidos por Bruselas. Para ello, los Estados de Europa deben renunciar a su soberanía monetaria, presupuestaria y comercial —si es que alguna vez la tuvieron plenamente—, quedando atados a las directrices de la Comisión y el Banco Central Europeo. Encima ahora los estados de la Unión son obligados a rearmarse a costa de desmontar conquistas sociales al objeto de promover e incrementar la guerra contra Rusia y sostener al aliado Ucrania por encima de cualquier consideración económica, política o democrática.
Por eso, avanzar hacia un reparto justo de la riqueza exige no solo la lucha de clases interna que nos aparte de la UE, sino también alianzas internacionales entre las organizaciones obreras y populares de distintos países, que coordinen sus estrategias para recuperar la soberanía perdida y construir un proyecto socialista en el viejo continente, teniendo en cuenta otras experiencias y ejemplos, como de los avances de China.
En definitiva, el camino hacia el socialismo pasa por desmontar los mitos nacionalistas y/o globalistas o “generistas” que dividen artificialmente a los trabajadores, pero también por reconocer que la soberanía nacional es el único dique de contención frente al capitalismo globalizado en nuestros días. El internacionalismo no exige borrar las fronteras de un día para otro, sino utilizarlas como trincheras para la emancipación, mientras se forjan alianzas sólidas entre los pueblos. Solo así podremos superar las ficciones identitarias acientíficas, sin caer en un cosmopolitismo vacío, y construir un futuro donde el género humano, y no el mercado ni las élites, sea el centro de la política. Es por eso que nos hemos puesto manos a la obra y estamos trabajando ya en Sovintern que es el proyecto internacionalista en marcha que trata de crear la Red Socialista Internacional, que sea antiimperialista y se moje en el tablero político mundial, no con posiciones globalistas disimuladas o voluntad de no implicarse en la política real que necesitamos. Porque la guerra imperialista nos va afectar cada vez más.