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Sahra Wagenknecht al Bundestag

Sahra Wagenknecht al Bundestag

Sergio Iglesias Lois del Comité ejecutivo de Soberanía y Trabajo

El pasado día 4 de diciembre, la Comisión de Revisión Electoral del Bundestag se pronunció, por fin, tras meses de silencio, a la demanda del partido de izquierda alemán Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), sobre la revisión de los votos de las elecciones federales de febrero. Como era esperado, la Comisión rechazó un nuevo recuento, alegando que los hechos eran “inexactos”. Sin embargo, a esta Comisión de Revisión se le olvida que durante los comicios del mes de febrero se produjeron numerosas irregularidades. Podríamos hablar, por
ejemplo, de una supuesta confusión, intencionada, entre el partido de Wagenknecht (BSW) y el minúsculo partido conservador Bündnis Deutschland, el cual figuraba justo encima del segundo en las papeletas electorales. Este último partido, apenas llegó a los 79.000 votos en toda Alemania; sin embargo, en algunos municipios y distritos alemanes, este partido obtuvo unos resultados “sorprendentes”, teniendo en cuenta que en toda Alemania solo alcanzó el 0,2%. Precisamente, según la investigación llevada a cabo por el periódico alemán Frankfurter Rundschau, hay hasta 43 municipios donde Alianza Alemana (BD) obtuvo resultados desproporcionadamente mejores que en el resultado general, y el partido de Wagenknecht no obtuvo ni un solo voto. Es el caso de Brecht, donde la Alianza Alemana alcanzó el 8% de los votos, mientras que el partido de Wagenknecht el 0%. Algo sospechoso, teniendo en cuenta que, en las elecciones europeas de hace unos meses, el resultado había sido justamente al revés. Otro ejemplo podría tratarse del colegio electoral 3705 de la circunscripción de Aachen I, donde Alianza Alemania obtuvo 48 de los 663 votos válidos, un sorprendente 7,2 %. El BSW figura con cero votos, lo cual es inusual. Y así en numerosos distritos y pequeñas localidades. Numerosos politólogos y juristas han apoyado la idea del BSW de un recuento de votos, entre los que destacamos al experto en derecho constitucional Christoph Degenhart, el escritor Christian Baron, el exvicepresidente del Parlamento estatal de Renania del Norte-Westfalia Oliver Keymis o la académica Nathalie Weidenfeld. Sin embargo, a la Comisión de Revisión del Bundestag, parece no importarle que 2,5 millones de votos no estén representados en el parlamento. ¿A esto le llama democracia?

Si bien es cierto que debemos alertar de que la tan democrática Comisión de Revisión del Bundestag está compuesta por 9 miembros de los partidos del sistema: tres de los democratacristianos (CDU), dos de la extrema derecha (AFD), dos de los socialdemócratas (SPD), uno de los verdes (die Grünen) y uno de la izquierda-woke (die Linke). Es decir, estos partidos saben que si se acepta un recuento, muchos de
sus diputados tendrían que despedirse de sus escaños y dejar paso a una fuerza que no se doblega ante los intereses del capital y que defiende la paz. La extrema derecha quedaría noqueada al ver a una fuerza que no se vende ante los intereses de Trump; la izquierda woke se vería ridiculizada y quedaría desnuda ante la izquierda combativa de Sahra Wagenknecht; por no hablar de los verdes, que tendrían serios problemas para venderse como partido de la paz, cuando ha sido el mayor aliado de Zelensky. La idea de que los parlamentarios son jueces de su propio caso se remonta a la época imperial, propia de un sistema feudalista, donde cuatro burgueses se creen con la potestad de silenciar a millones de trabajadores.

Pero los socialdemócratas y los democratacristianos de Frederick Merz serían los más perjudicados, puesto que si el BSW entrase en el Bundestag, perderían la genocida mayoría absoluta que actualmente tienen. Es decir, una mayoría que solo ha servido para impulsar medidas que han llevado a Alemania a un deterioro social, con un giro militarista, propio de la Segunda Guerra Mundial. Entre ellas destaca la reforma para permitir un gasto militar sin límite que esperan supere el 3,5% del PIB, según el gobierno alemán, y crear un fondo especial de 500.000 millones de euros destinado a defensa e infraestructura. Por no hablar de la reintroducción del servicio militar que se acaba de aprobar, lo cual nos muestra la agenda belicista que desean implantar los mandatarios occidentales. También, en el terreno social han aprobado medidas que buscan debilitar a los obreros, como la reforma de pensiones que mantiene las prestaciones al 48 % solo hasta 2031 e incentiva que los trabajadores prolonguen su vida laboral, algo percibido como una carga añadida para las generaciones mayores. En España, la situación no es diferente: los partidos del régimen también han consolidado poderes ficticios lejos de responder a las necesidades reales de la población, han servido para profundizar en políticas que precarizan la vida de los trabajadores. El aumento progresivo del gasto en defensa, el cual supera escandalosamente el límite marcado hace una década, se ha justificado con la misma narrativa belicista que hoy domina en buena parte de Europa: “necesitamos más armas para protegernos de los ataques (inexistentes) rusos”.
En paralelo, las reformas laborales y de pensiones han seguido los mismos pasos que en Alemania: jubilaciones cada vez más tardías, condiciones de trabajo más inestables, salarios que no alcanzan para vivir y una presión fiscal que recae siempre sobre los mismos, mientras las élites políticas viven a cuerpo de rey. Todo esto, acompañado de un discurso que apela constantemente al miedo a los rusos, cuando en realidad quieren decir “miedo a perder nuestros privilegios”. La conclusión es clara: la clase política que se protege a sí misma y legisla de espaldas al pueblo.

Ahora, el partido de Sahra Wagenknecht acudirá al Tribunal Constitucional Federal. Numerosos politólogos creen que tienen serias posibilidades de superar el 5% y dejar atrás el 4,98%, que el sistema quiere hacerles creer que tienen. Sin lugar a dudas, Alemania y España necesitan partidos como el BSW o Soberanía y Trabajo (SyT), partidos que planten cara a este delirio belicista. Así pues, los alemanes merecen justicia y que se esclarezca todo. Porque la grandeza de una democracia no se mide por lo rápido que cierra los debates incómodos, sino por la capacidad que se tiene de afrontarlos con transparencia. Si existen intereses para silenciar las voces de millones de trabajadores, entonces tendremos que abrir un debate mucho más amplio sobre la independencia ysoberanía de los países occidentales. No permitiremos que los viejos valores de épocas pasadas sigan determinando nuestro rumbo.

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