Pongamos palos en la rueda
Carlos X. Blanco
La crisis de las sociedades europeas occidentales es tan grave, tan incurable, de tal hondura y malignidad, que solo caben soluciones radicales al tiempo que sensatas. Soluciones que pasan por una visión clara, mirada que detecte cuáles son las fuerzas que actúan en estas sociedades y fuera de ellas, que pueda entender los conflictos a múltiple nivel y los agentes actuantes en dichos conflictos.
Hace muchos años que no existen dos grandes agentes en conflicto: la burguesía (supuesto agente personificado del Capital) y el proletariado (agente que encarna o personifica el Trabajo). Si necesitamos mantener viva la palabram “dialéctica” es un término que sirve para expresar el carácter siempre dinámico, conflictivo y quebradizo de las sociedades. Entendido esto, nos vemos obligados a reconocer que la dialéctica entre Capital y Trabajo encubre una lucha entre numerosos agentes de cooperan, compiten y planifican estrategias de poder, y lo hacen sin parar. Este tipo de enfoque sobre las sociedades avanzadas, llamadas “capitalistas” para resumir, me viene inspirado por el gran marxista y exmarxista italiano Gianfranco La Grassa. A partir de él, ya me parece una obviedad recordar que hace mucho, muchísimo tiempo, la “derecha” no está necesariamente alineada con la burguesía, mientras que la “izquierda”, por su parte, ya no representa
políticamente a los trabajadores. Antes, al contrario, desde 1968, por lo menos, se ha creado una izquierda burguesa, adinerada o con grandes colchones sociales (funcionarios, académicos) que ha ido dando la espalda a los “currantes” . Recíprocamente, la derecha (a veces con el sambenito prefijado gramaticalmente de “ultra”, o con la ambigua rotulación de “populista”) ha ido ganando espacios cada vez más amplios en la clase media urbana y campesina, maltratada y empobrecida por la globalización neoliberal.
En las webs amigas de la “izquierda” que todavía me publican, como muestra de simpatía o como alarde de pluralismo, me resulta chirriante escuchar esos cantos y lamentos sobre una “unidad de las izquierdas”. La pregunta que cabría hacerse es ¿qué son las izquierdas? Inmediatamente después hay que decir: ¿para qué, con quién, a cambio de qué? En el Reino de España, y sobre todo peinando canas, muchos de los que hemos escuchado esos cantos de sirena sabemos que todos ellos condujeron y conducirán siempre a la perdición. Preciso será que el marxista se ate al
mástil e ignore la ingenuidad y la perversidad de tales llamamientos. En la política ambas actitudes se mezclan y se cambian funcionalmente los papeles. En el ámbito europeo Pedro Sánchez espresentado como baluarte del progresismo. Los extranjeros de izquierdas creen que este sujeto es una “excepción” dentro de los abundantes facciosos líderes occidentales. Se difunde día tras día el mito de que Pedro ha plantado cara a Trump y a Netanyahu, el cuento de que se opone a la política de deportaciones masivas de la UE, la leyenda de que defiende a capa y espada los “derechos civiles” (en alusión yanquiforme a los privilegios de minorías muy exiguas y las demandas“woke”). Todo es mentira. Las políticas del partido socialista en España siempre son neoliberales. Es el partido del Sistema, la fórmula ideal para que este malhadado Reino siga siendo una colonia de los norteamericanos y del Eje Franco-Alemán.
En España siguen las bases yanquis, los “compromisos” con la OTAN, los negocios discretos pero ininterrumpidos con la entidad sionista, la sumisión al lobby marroquí, la hostilidad hacia Rusia y la compra entusiasta del relato llamado “Ucrania, una democracia que resiste”. Quienes ven a Pedro Sánchez como un líder progresista, un bastión de izquierdas, tienen un problema muy
grave. Si la izquierda moderada ignora el belicismo encubierto de este sujeto,
su neoliberalismo demagógico, sus derivas autoritarias (la “fontanera” correteando por todos los despachos oficiales, de jueces y policías, para extorsionar sería un caso risible de no ser, en el fondo, trágico), es que esa izquierda no se entera de nada o forma parte del negocio del saqueo llamado PSOE Sociedad Anónima. Esos llamamientos a la unidad de la izquierda, cuando no son ingenuos (y por tanto nefastos en política) son malignos: vienen de la propia Moncloa. Mis amigos redactores y columnistas, especialmente aquellos que se las dan de “alternativos” deberían mirar con lupa esas apelaciones al “lawfare”, al “golpe de Estado judicial”, y demás términos gastados. La corrupción del R78 es sistémica. No hay derechas ni izquierdas, sólo hay dinero. Y dinero muy sucio. Para salir de este lodazal, el pueblo español no tiene más remedio que organizarse, localizar los agentes estratégicos que hay en contra o, potencialmente, a favor, para desatascar estas tuberías opacas y obstruidas. Las etiquetas ideológicas nunca importaron mucho, salvo para el engaño de los ilusos y el consumo de las masas. Imposible es entablar algún combate al Capital si antes no se crea una red de estados soberanos en donde las fuerzas del Trabajo (y no sólo los obreros, ¡oigan!, en un continente donde estos se han vuelto minoría) convergen en una Fuerza absolutamente transversal. Una Nueva Fuerza que mande al garete el juego electoral y el reparto de poltronas, sino que se sienta capaz de crear un Orden Constituyente nuevo, alternativo al papelito incumplido, tramposo, mentiroso y teledirigido (desde los EEUU y Europa) que es la Constitución.
En el 78 se consagró la trampa, pero esta había ido fraguándose muchos años atrás, en pleno tardofranquismo. Los oportunistas de dentro y los oportunistas de fuera se convirtieron en empleados a sueldo de la CIA y, por delegación, de la Socialdemocracia alemana. España no gozó de soberanía plena nunca desde que los Tercios de Flandes empezaron a perder batallas y, por ende, después se disolvieron. Los nostálgicos de Franco, por su parte, deberían recordar que hasta para poner un poco de orden en su mísero protectorado africano, el Caudillo debía pedir permiso al Yanqui. Pero aquella soberanía meramente parcial que tuvimos en la dictadura hasta el asesinato de Carrero, se perdió del todo con este crimen. El R78 fue diseñado como una máquina de derribo controlado de la entidad histórico-política llamada “España”, todo en beneficio de las élites internacionales más depredadoras. La creación de una Nueva Fuerza debe huir de las etiquetas cada vez más perversas y pervertidas, amén de trasnochadas, como “izquierdas y derechas”. La consigna a seguir no es otra que “Soberanía” o “Vasallaje”. Bien entendido
que Soberanía implica el pleno dominio que un Pueblo ejerce sobre los destinos de su país, comenzando por las grandes decisiones económicas, en las que prevalecerá la Justicia Social, control de fronteras, autodefensa, libertad en los tratados, alianzas y acuerdos internacionales. Las élites financieras internacionales y los lobbies que colonizan España no van a consentir esta reagrupación estratégica. Enseguida sacarán sus sabuesos “antifascistas”, y denunciarán las intentonas “interclasistas”. Obligado es empezar a perder el miedo ante el insulto. Ya no existe un
proletariado como “clase intermodal” (Preve), como demiurgo de una transformación esencial. Quienes trabajan y producen, y no son los parásitos beneficiados del globalismo, ellos son los llamados a esta lucha. Estamos inmersos en un proceso de liquidación nacional. Las etiquetas gastadas siguen circulando a posta. El más elemental realismo político te dice que un Estado (se le ame patrióticamente o no) es una unidad de gentes, es un recinto actuante en donde convive un Pueblo. La liquidación de este Pueblo y de este Estado van hoy de la mano. La defensa del mismo ente llamado “España” nunca se va a lograr -todo lo contrario- con invocaciones al “progresismo” ni a lo contrario de ese “ismo”. No hay otro camino que el de poner palos en la
rueda de quienes maquinan en contra del Pueblo. La izquierda del R78 (igual que su derecha) va contra el Pueblo. Forma parte esencial de nuestro problema. Un problema existencial: la supervivencia.
