Los pinos que trajo Franco: el legado incendiario de una dictadura
Por Carlos Martínez, politólogo y de Soberanía y Trabajo
Un fantasma que recorre los montes españoles
Resulta curioso y profundamente triste contemplar cómo en las tertulias, debates y entrevistas a «expertos» en medio ambiente forestal en medios de comunicación, cuando las llamas devoran nuestros montes, nadie —ni siquiera aquellos que se consideran progresistas o ecologistas— señala un hecho que debería ser imprescindible denunciar. Me refiero al modelo forestal español que seguimos sufriendo, que no es otro que el legado del franquismo. Franco nos ha legado gran parte de los bosques que arden o que, con toda seguridad, van a arder. Las políticas de repoblación forestal durante la dictadura transformaron el paisaje de gran parte de España, y el pino pinaster fue, de hecho, una de las especies protagonistas de este proceso. Comprender esta herencia es esencial para entender por qué nuestros montes arden con tanta facilidad y por qué las soluciones que se nos ofrecen son, en el mejor de los casos, insuficientes.
Los «remedios» franquistas para el hambre
Para entender el origen de esta política forestal, debemos situarnos en el contexto de la posguerra. La política económica del primer franquismo, entre 1939 y 1952, se basó en la autarquía —la búsqueda de la autosuficiencia—, el intervencionismo estatal y el control de precios y producción. Estas medidas resultaron un desastre: provocaron hambre y miseria generalizadas. El racionamiento oficial era insuficiente, especialmente para la población trabajadora, y la situación se agravó con las malas cosechas, generando un enorme descontento entre los campesinos. En este contexto de represión y violencia, que impedía cualquier protesta efectiva, el gobierno recurrió a la mano de obra forzada de presos políticos para realizar obras públicas, lo que empeoró aún más las oportunidades de empleo para los trabajadores libres.
Fue en este panorama desolador donde surgieron las repoblaciones forestales como una supuesta solución. El régimen presentaba la plantación masiva de árboles como una obra de regeneración nacional, pero la realidad era muy distinta: se trataba de un proyecto económico y político que beneficiaba a los intereses del Estado y de las grandes empresas papeleras, mientras que la población rural pagaba el precio más alto. Tal vez esto explique porqué más del 70% de los bosques son privados, es decir el estado les repobló gratis sus montes.
Las repoblaciones: ¿una ayuda para los jornaleros?
Es cierto que las repoblaciones del Patrimonio Forestal del Estado generaron empleo rural, y en aquellos años de penuria proporcionaron jornales que permitieron sobrevivir a muchas familias. Para algunos, era el «trabajo que había». Sin embargo, este beneficio fue extremadamente limitado.
Los salarios eran miserables: un trabajador podía cobrar 25 pesetas al día, lo que equivale a unos 16 céntimos de euro actuales, aunque en otros casos se pagaba a 100 pesetas (unos 60 céntimos) por tareas más duras, como picar piedra. Hubo denuncias constantes por los bajos salarios y las condiciones inhumanas. Además, el empleo era estacional, concentrándose en otoño e invierno, cuando la actividad agrícola disminuía, lo que dejaba a las familias sin ingresos durante gran parte del año.
Pero el problema más grave fue el conflicto social que generaron estas repoblaciones. Lejos de ser un «remedio» bien recibido, provocaron una fuerte conflictividad en el campo. Los campesinos perdían el acceso a pastos, leñas y tierras de cultivo que eran vitales para su supervivencia. En Villarta de los Montes, en Badajoz, los vecinos vieron cómo sus montes públicos eran repoblados y se prohibían sus aprovechamientos tradicionales. Hubo expropiaciones, como en el caso de la aldea de Bohonal, donde los vecinos se enfrentaron a multas por cultivar tierras que el Estado consideraba suyas, lo que los llevó a la ruina. La compra de pueblos enteros para repoblar, como ocurrió en la provincia de Huesca con la desaparición de hasta 94 núcleos de población, obligó a miles de personas a abandonar sus hogares.
En definitiva, aunque dieron un sustento precario a algunos, las repoblaciones no fueron una solución general para la clase trabajadora rural. Por el contrario, destruyeron los medios de vida de muchas comunidades y aceleraron la despoblación del medio rural.
Algunos pueblos perjudicados
Los casos documentados confirman el perjuicio en diversas regiones. En la provincia de Badajoz, las repoblaciones son bien conocidas, pero también hubo ejemplos en el norte de Castilla. En Mantinos, Palencia, se recuerda cómo las repoblaciones con pinos provocaron protestas porque los pastos para el ganado desaparecerían, y los vecinos se quejaban de que el dinero de los pinos no se sabía quién lo recibiría.
En Galicia y Levante, aunque no se mencionan ejemplos específicos en muchos estudios, existen investigaciones sobre la conflictividad en el noroeste de España que indican que no fue un fenómeno aislado. En la provincia de Huesca, muchos pueblos quedaron deshabitados como consecuencia de estas políticas. En la Comunidad Valenciana, la llamada «España seca» fue un área de repoblación con fines hidrológicos, y en la vertiente mediterránea se realizaron plantaciones para fijar dunas, como en Guardamar, Alicante.
La magnitud de las repoblaciones y su objetivo
Entre 1940 y 1975, durante la dictadura franquista, se repoblaron casi tres millones de hectáreas en España. Esta ambiciosa obra, liderada por el Patrimonio Forestal del Estado, no solo tuvo una finalidad económica, sino también una profunda carga ideológica. El régimen buscaba modificar el paisaje como parte de su proyecto de «Nuevo Estado«, pero el objetivo principal era económico: convertir a España en un país exportador de celulosa y madera para la industria, siguiendo los postulados de la autarquía.
No se trataba de restaurar los ecosistemas originales, sino de crear fábricas de madera al aire libre. La naturaleza era vista como un recurso explotable, no como un patrimonio que proteger.
Especies utilizadas: el pinar como protagonista
Para lograr este fin productivo y de rápido crecimiento, se optó por especies de madera blanda y crecimiento rápido, en lugar de las autóctonas de crecimiento más lento y resistentes al fuego que además ofrecían alimento, como bellotas por ejemplo. Las más comunes fueron los pinos, especialmente el pino pinaster o pino marítimo; los eucaliptos, sobre todo el Eucalyptus globulus, clave para la producción de pasta de papel; y los chopos, utilizados también por su rápido crecimiento.
Esta elección no fue casual. El pino pinaster, en particular, era ideal para los intereses de la industria papelera y maderera, pero sus características lo convertían en una bomba de relojería para los incendios.
El pino pinaster en las repoblaciones franquistas
El Patrimonio Forestal del Estado y, posteriormente, el ICONA, impulsaron repoblaciones masivas con el pino pinaster como protagonista indiscutible. En la Sierra de Madrid, hay constancia de repoblaciones con esta especie. Un ejemplo muy documentado es el pueblo de Hontanillas, en Guadalajara, en el límite con la Sierra de Madrid, donde se plantaron pinos pinaster, lo que contribuyó al abandono forzoso del pueblo. La Sierra de Guadarrama también fue objeto de atención, aunque con cierta controversia por el uso de especies no autóctonas en épocas posteriores.
En Andalucía, la Sierra de los Filabres, en Almería, es un caso de estudio paradigmático de las repoblaciones franquistas, donde el pino pinaster fue una de las especies principales. En la Comunidad Valenciana, durante el período de mayor actividad repobladora, desde los años 40 hasta la creación del ICONA, se repoblaron más de 165.000 hectáreas, fundamentalmente con pinos, incluido el pinaster.
¿Arde mucho el pino pinaster?
El pino pinaster es una especie muy inflamable que arde con gran intensidad, lo que lo convierte en un serio problema en el contexto de los incendios forestales. Sus resinas y la estructura de su combustible —hojarasca, ramas bajas— lo hacen especialmente proclive a la ignición y a la rápida propagación del fuego.
Paradójicamente, el pino pinaster tiene adaptaciones para sobrevivir o regenerarse tras el fuego, como la corteza gruesa y las piñas serótinas, que se abren con el calor. Esto le permite perpetuarse en paisajes con incendios recurrentes, creando un ciclo perverso: arde, se regenera, vuelve a arder. Los estudios confirman que su elevada inflamabilidad es una de las razones por las que es la especie más afectada por los incendios en regiones como el noroeste de España.
La plantación masiva de pinaster creó grandes extensiones de monoespecie densa y muy inflamable. Esto, combinado con el abandono rural forzado y promovido por las políticas neoliberales y “europeas” y la falta de gestión, ha convertido estas áreas en auténticas «bombas de relojería» para los grandes incendios. El pino pinaster ha sido la especie predominante en algunos de los incendios más graves de la península. El incendio de Guadalajara en 2005 afectó gravemente a masas de pino pinaster, y su estudio sigue siendo relevante para la gestión forestal posincendio. En la Comunidad Valenciana, la alta recurrencia de incendios ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de estas repoblaciones.
La huella en el paisaje: ¿dónde están esas plantaciones?
A día de hoy, la huella de las repoblaciones franquistas sigue siendo muy visible en la geografía española. En muchos casos, los pinares actuales son el resultado directo de aquellas plantaciones. En Doñana, Huelva, en 1953 se plantaron 45 millones de pinos junto a 10 millones de eucaliptos en su perímetro, con la intención de rentabilizar económicamente la zona. La Sierra de los Filabres, como ya hemos mencionado, es otro ejemplo. El paisaje rural de Guadalajara, con el caso de Hontanillas, es un ejemplo extremo de esta transformación. En el País Vasco y Cantabria, la iniciativa privada también jugó un papel importante en la repoblación con pino pinaster, pino radiata y eucalipto para abastecer la demanda industrial.
Consecuencias y debate actual
El legado de estas repoblaciones es complejo. Por un lado, lograron crear una importante masa forestal y evitar la erosión en muchas zonas. Pero por otro lado, tuvieron consecuencias ambientales y sociales profundas. La plantación masiva de especies de crecimiento rápido ha sido criticada por eliminar la vegetación autóctona, acidificar los suelos y favorecer la propagación de grandes incendios forestales. Socialmente, las repoblaciones aceleraron la despoblación rural al destruir usos tradicionales del monte y, en muchos casos, forzar el abandono de pueblos enteros, como ocurrió en Hontanillas o en Fraguas, también en Guadalajara, donde se expropiaron tierras y se desalojó a sus habitantes.
Hoy, algunos de estos bosques se han naturalizado y están protegidos dentro de parques naturales, pero su gestión sigue siendo un tema de debate, ya que el legado jurídico-administrativo de aquellas políticas aún condiciona el presente.
La conclusión del autor: dos temas urgentes
Ante el problema que vivimos en estos años, y que no va solo de cambio climático, debemos ser claros. El cambio climático –no entro en esta cuestión- es una excusa que se utiliza para no atajar la raíz del problema, mientras se impone una ideología globalista y neoliberal.
Lo primero es que todos los servicios y medios contra incendios deben ser públicos, y hay que acabar con el escandaloso asunto conocido como la «mafia del fuego», que mueve un gran negocio privado. La dependencia de Canadá para dotarse de nuevos medios aéreos es de imbéciles o de cobardes. Los mejores helicópteros y más capaces para combatir el fuego han sido los rusos Kamov, que por su porte, tamaño y dureza han sido fundamentales. Pero por causa de la guerra de la UE y la OTAN contra Rusia, están en tierra por falta de piezas debido a las sanciones. Los Kamov deben ser puestos nuevamente en uso y adquirir nuevas unidades.
Los rusos son los mejores constructores de aviones antiincendios y han sacado una nueva versión de hidroaviones, por cierto a reacción, que están siendo utilizados con gran efectividad en un país más inteligente y soberano que España, como es Argelia. También debeían encargarse prototipos a CASA, que es pública y española. Algún interés corrupto debe haber si solo recurrimos a Canadá, que por cierto ha chantajeado al gobierno de España.
El segundo tema sería indicar y poner en práctica el mejor cortafuegos: replantar especies autóctonas que son resistentes al fuego, que rebrotan y son de gran belleza, al tiempo que permiten el aprovechamiento ganadero. De hecho, lo necesitan. Este es el camino para romper el ciclo de incendios y construir un paisaje forestal que sea sostenible, resiliente y que esté al servicio de las comunidades locales, no de los intereses de las grandes empresas.
A modo de epílogo
El legado forestal del franquismo no es un hecho del pasado, sino una realidad que sigue ardiendo cada verano. Los pinos que plantó Franco no fueron un regalo a la naturaleza, sino una imposición productivista que arrasó con los ecosistemas y con las comunidades que dependían de ellos. Ahora, mientras las llamas devoran nuestros montes, la clase política y los «expertos» miran hacia otro lado, evitan hablar de la herencia maldita y proponen soluciones que perpetúan el mismo modelo.
Es hora de romper con ese silencio. Es hora de reconocer que nuestros bosques arden porque alguien los diseñó para arder. Y es hora de empezar a construir un modelo forestal que no esté al servicio de la industria ni de la especulación, sino de la vida y de los pueblos.
