«La reproducción de la fuerza de trabajo no sólo exige una reproducción de su calificación sino, al mismo tiempo, la reproducción de su sumisión a las reglas del orden establecido, es decir una reproducción de su sumisión a la Ideología dominante por parte de los obreros y una reproducción de la capacidad de buen manejo de la ideología dominante por parte de los agentes de la explotación y la represión, a fin de que aseguren también «por la palabra» el predominio de la clase dominante».
Althusser. Ideología y aparatos ideológicos del Estado.
Carlos Magariño del Comité Ejecutivo de SyT
El Estado no solo reprime (ley mordaza, censura bajo supuestos «delitos de odio»), sino que gestiona la disidencia ideológica para que la clase dominante mantenga intactas las relaciones de producción capitalistas.
La “militancia controlada” es aquella oposición aparentemente transgresora (retórica pacifista, progresista o “anti-imperialista” selectiva) que el propio Estado o sus aliados canalizan, desmovilizando potenciales rupturas reales y asegurando la continuidad de la acumulación de capital, la integración en alianzas imperialistas (OTAN/UE) y la legitimación del orden existente.
Es decir, una militancia que se autopercibe transgresora (y lo es en la superficie discursiva), pero que en la práctica reproduce las condiciones de producción. A su vez el sistema la recompensa con prestigio material e ideológico: columnas en grandes medios, contratos editoriales, apariciones en tertulias, puestos en ONGs o incluso en el propio gobierno.
Desde mediados del siglo XIX, los primeros sociólogos y pensadores que analizaron la sociedad capitalista concluyeron que la manera más exacta para analizar los procesos sociales (si pretendían servir para una práctica verdaderamente transformadora) venía a través de la comprensión de que la evolución de las sociedades humanas se produce a partir de sus condiciones materiales y económicas, no de sus ideas (materialismo histórico), y que además era imprescindible observar esos procesos en su totalidad dinámica y consciente (dialéctica). Era ese el mejor método para dirimir una de las cuestiones más difíciles en política en la práctica diaria, qué pasos son los que favorecen a la mayoría social.
El revival del eslogan zapateriano «no a la guerra» parece haber favorecido a un Sánchez en horas bajas, de manera que logra -una vez más- tomar aire mientras las circunstancias parecían condenarle al ahogo electoral. La decadencia ideológica actual ha permitido que pase desapercibido el hecho de que su antecesor, Zapatero, utilizara aquel eslogan para profundizar en España los rigores austericidas de la Unión Europea, con la aceptación de la «estabilidad presupuestaria» vía modificación de la Constitución, y acatar la priorización de los recortes a las necesidades públicas. Así como años antes, otro antecesor, González, colara la entrada en la OTAN con su retórica «descamisada» y de chaqueta de pana.
Así pues la farsa que antes ocurrió como tragedia revive hoy, no sabemos ya si como tragicomedia o qué cosa, mientras millones de españoles se acercan cada vez más a la miseria y ven cómo, sin embargo, el IBEX supera sus récords de beneficios o los rentistas se inflan hasta la saciedad sus bolsillos.
Que se permita la repetición y reiteración de esos engaños es debido precisamente a que en la actualidad ya no se emplea ese método de análisis, ni en sus más básicos preceptos. Observémoslo.
Es sabido que ninguna sociedad, por poderosa que parezca, puede pervivir si no reproduce las condiciones de producción. Esto es, la forma en que produce todo lo que necesita para existir, necesita a su vez ser garantizada mediante la reposición de los medios empleados.
Dentro de esos medios que necesitará reponer se encuentra, como parte esencial de las fuerzas productivas, la fuerza de trabajo. Sabemos que se emplea el salario como forma de garantizar el sostenimiento permanente de esa fuerza. De hecho, los llamados «salarios mínimos» están diseñados para cubrir las necesidades básicas del trabajador, y su prole, para que obtenga lo justo para vivir y volver a presentarse ante la puerta del trabajo al día siguiente.
Pero qué ocurre cuándo las condiciones son tan opresivas que los salarios no alcanzan para permanecer lo mínimamente satisfecho, e incluso conducen a situaciones previas a la miseria, como se ven hoy. Podrían en ese caso producirse huelgas masivas, o levantamientos espontáneos de protesta. Acuden en ese caso otros mecanismos de opresión, no visibles, que garantizan la sumisión al orden establecido, a la aceptación resignada de la ideología dominante.
Es mediante ese acatamiento sumiso como se permite que la reproducción no sea solo una reposición simple de los medios de producción, sino que se aprieten las tuercas opresoras para obtener un rédito extra que permite invertir en la mejora o el aumento de los medios productivos, de modo que la reproducción ya no es simple y equivalente, sino ampliada y acumulativa. Es la acumulación de capital.
«No hay alternativa», es el mensaje que acatamos cuando aceptamos sumisamente que no hay otra opción a esta elección entre lo pésimo y lo malo. Pero no somos conscientes de que ese sometimiento a lo «menos malo» tiene truco, pues se van acumulando los intereses que permiten a capitalistas y rentistas aumentar a nuestra costa (con los salarios, vivienda, pensiones, servicios públicos) cada vez más su poder.
El Gobierno progresista (PSOE y satélites) y su propaganda “No a la guerra” respecto a la ofensiva Estados Unidos-Israel contra Irán, es un caso paradigmático reciente. Esta retórica recupera el lema de 2003 (contra la invasión de Irak) y funciona electoralmente:
- Se presenta como disidencia valiente frente a Trump (no en los periodos de Obama o Biden)
- No cuestiona la pertenencia estructural a la OTAN ni a la UE.
- Canaliza el anti-militarismo popular hacia apoyo al Gobierno sin exigir salida de las alianzas militares.
Es una gran hipocresía, pues mientras tanto se produce el rearme masivo y la participación en estructuras bélicas. En 2025 se adelantó el objetivo OTAN del 2 % del PIB, inyectando 10.471 millones de euros extra en un solo año (total 33.123 millones).

Este gasto no es “defensivo neutro”: financia industria de defensa española (beneficio directo para capital privado), empleo y exportaciones de armamento, reproduciendo la acumulación capitalista. Además, España forma parte activa de la Coalición de Voluntarios de la UE (grupo de una treintena de países que coordina ayuda militar, económica y garantías de seguridad a Ucrania contra Rusia). Sánchez incluso propuso esta fórmula como “embrión de un ejército europeo”.
Aunque esta coalición se centra en Ucrania (no Irán), ilustra la doble vara: España envía armas y dinero a una guerra europea mientras se desmarca selectivamente de la de Trump en Oriente Medio. Es una «disidencia selectiva»:
- Con republicanos (Bush 2003, Trump 2026) la retórica “no a la guerra” es más sonora y rentable electoralmente.
- Con demócratas (Obama, Biden) el alineamiento fue mayor en OTAN, Ucrania o Oriente Medio (apoyo a sanciones, misiones compartidas). Menos confrontación pública porque el tono “multilateral” y “progresista” de Washington permitía absorber la militancia de izquierda sin crisis.
Esto no es casual: la militancia controlada necesita un “enemigo externo” (Trump como caricatura del imperialismo bruto) para legitimarse sin tocar el núcleo (permanencia en bloques militares que garantizan el acceso capitalista a recursos y rutas comerciales).
El “No a la guerra” se vende al ciudadano como “pacifista responsable” que vota PSOE, desactiva movimientos anti-OTAN reales y justifica el gasto militar como “seguridad europea” o “lucha contra el cambio climático”. Miles de millones en rearme generan contratos para empresas españolas (Indra, Navantia, etc.). La industria de defensa es parte del circuito de acumulación capitalista. España sigue en OTAN (que asegura el orden global neoliberal) y UE (mercado único y fondos).
Es “militancia controlada” porque finge oposición sin alterar las relaciones de producción ni las alianzas imperiales. El ciudadano cree estar “contra la guerra” votando al Gobierno que, simultáneamente, financia la máquina de guerra europea.
No amenaza el sistema; lo estabiliza. Permite al capital seguir reproduciéndose (vía industria militar y estabilidad geopolítica) mientras el Estado se legitima ante su base electoral. Si realmente quisiera romper con las “condiciones de producción” imperialistas, el Gobierno tendría que salir de la OTAN, recortar drásticamente el gasto militar y rechazar todas las coaliciones de voluntarios.
En cambio, elige la disidencia selectiva y rentable. El tipo de militancia que suscita es acomodada porque:
- Opera dentro de los límites permitidos (no cuestiona la permanencia en bloques militares ni el gasto en rearme).
- Es controlada porque el propio Estado la canaliza y la premia.
- Es permitida (y hasta incentivada) por el capitalismo porque tolera (y difunde) ciertas opiniones “radicales” precisamente para neutralizarlas, integrarlas y reforzar el statu quo. La disidencia se convierte en espectáculo consumible que desactiva la verdadera ruptura.
El resultado: una militancia que se siente transgresora (y lo es en la superficie discursiva), pero que en la práctica reproduce las condiciones de producción. Y el sistema la recompensa con prestigio material e ideológico: columnas en grandes medios, contratos editoriales, cátedras universitarias, apariciones en tertulias, subvenciones públicas, puestos en ONGs o incluso en el propio gobierno.
Gran parte de la izquierda visible en España practica un antimilitarismo que solo se escandaliza cuando la guerra la hace Occidente. Contra Rusia en Ucrania o contra Siria/Irán en otros momentos, el discurso se suaviza. Esta militancia es cómoda porque se siente “antiimperialista” sin tener que confrontar al Estado español (miembro activo de la OTAN y promotor de rearme europeo).
Los mismos activistas o analistas que firman manifiestos “No a la guerra” obtienen visibilidad en medios progresistas, subvenciones de ministerios (Cultura, Igualdad, Exteriores), puestos en consejos asesores o incluso candidaturas en listas de Sumar/PSOE. El sistema los tolera porque su selectividad desmoviliza al movimiento real anti-OTAN (el que sí exige salida y desarme).
El que se sale de este marco (recordemos el adagio de otro gran «descamisado» del PSOE, Alfonso Guerra: «el que se mueva no sale en la foto») es marginado: sin medios, sin editoriales grandes, sin cátedras, sin subvenciones. Esa es la prueba de que la “militancia cómoda” no es espontánea: es fabricada y mantenida porque es útil.
