La guerra total y el nuevo orden multipolar: Occidente ya no dicta las reglas
El mundo vive una guerra global con frentes económicos, informativos y morales, mientras el orden unipolar se desmorona. El reciente Foro Económico Internacional de San Petersburgo 2026 ha confirmado que el Sur Global construye alternativas y que la hipocresía occidental, especialmente en Palestina, ha sido un factor decisivo en esta pérdida de hegemonía.
Carlos Martínez presidente de Soberanía y Trabajo
No es fácil reconocerlo, pero la honestidad intelectual me obliga a decirlo sin ambages: estamos inmersos en una guerra mundial. No comenzó hoy, ni siquiera con la invasión rusa de Ucrania. Llevamos años en ella, aunque muchos se empeñen en mirar solo una parte del tablero. Lo sucedido hace apenas unas semanas en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo 2026 no fue un encuentro comercial más. Fue la constatación de un hecho geopolítico irreversible: el mundo unipolar ha muerto, y Occidente no ha sabido leer el acta de defunción.
Guerra total: más allá de las trincheras
Vivimos una guerra total cuyos frentes no son solo militares. Existe un frente económico —sanciones, aranceles, desconexión financiera—, un frente informativo —batalla por el relato, censura del disenso— y un frente moral, quizá el más devastador. Porque una guerra total no solo destruye infraestructuras: aniquila principios, pulveriza el derecho internacional y erosiona la capacidad de indignación selectiva que Occidente durante décadas se atribuyó en monopolio.
Y es en ese frente moral donde la hipocresía occidental alcanza su punto más álgido. Mientras los líderes europeos y estadounidenses condenan con gran pompa la invasión rusa de Ucrania, mantienen una complicidad activa, armamentística y diplomática con la limpieza étnica que sufre el pueblo palestino en Gaza y Cisjordania. No se trata de una guerra convencional: es una masacre sistemática sobre hospitales, campos de refugiados y escuelas de la ONU. Más de dos millones de personas desplazadas por la fuerza, el hambre como arma de guerra. Y los dirigentes occidentales no solo lo permiten: lo financian, lo justifican y lo blanquean con eufemismos.
La raíz del conflicto en Asia Occidental
Conviene ir a la raíz: Israel es la verdadera causa de la guerra en Asia Occidental, y la ocupación de Palestina es el origen. No es un conflicto bilateral cualquiera, sino un proyecto colonial de asentamiento con décadas de historia, cuyo objetivo explícito —declarado por sus propios líderes— es expulsar a los palestinos de su tierra. No hay igualdad entre las partes: hay un ocupante que utiliza la fuerza militar más avanzada del mundo, financiada y armada por Occidente, para ejecutar una limpieza étnica en tiempo real. ¿Dónde está la comunidad internacional cuando se violan todas las convenciones de Ginebra? ¿Dónde está la Corte Penal cuando los acusados son aliados estratégicos? Esa doble vara de medir ha deslegitimado por completo la pretensión occidental de ser defensora de los derechos humanos.
Los aliados más coherentes de Palestina son hoy Irán, Hezbolá y Yemen, porque han traducido su condena verbal en apoyo militar, logístico y estratégico al pueblo palestino. Mientras las monarquías del Golfo normalizan relaciones con Tel Aviv, el llamado Eje de la Resistencia se ha mantenido firme. Rusia lo sabe, China lo sabe, el Sur Global lo sabe. Por eso, cuando Vladímir Putin intervino en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo 2026 hablando del fin de la globalización liderada por Occidente, no vendía propaganda: señalaba una herida real en la credibilidad occidental.
Irán y el umbral nuclear
Rara vez se aborda con honestidad la cuestión nuclear iraní. Según informaciones de analistas como Pablo Escobar, Eduardo Luque y mi propio trabajo de investigación, podemos afirmar que Irán posee ya bombas nucleares. No es una posibilidad teórica: es un hecho consumado. La República Islámica ha cruzado el umbral nuclear, y Occidente lo sabe perfectamente, aunque finja ignorarlo por conveniencia diplomática. Esta capacidad está cambiando las reglas del juego en la región. La respuesta de Teherán a los ataques contra Líbano y, tras el derribo de un helicóptero estadounidense, está siendo muy contundente. Irán ya no responde con meras declaraciones: actúa con acciones militares proporcionadas pero firmes, demostrando que la disuasión ya no es monopolio occidental.
África despierta: el nuevo anticolonialismo
No todo es denuncia. Hay algo profundamente esperanzador en el continente africano, que está dejando atrás siglos de tutelaje. Precisamente en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo 2026 vimos a la presidenta de Tanzania, Samia Suluhu Hassan, como una figura central, no como comparsa decorativa sino como interlocutora en pie de igualdad. En el Sahel, países como Malí, Burkina Faso y Níger han expulsado a las fuerzas militares francesas. La Alianza de Estados del Sahel avanza hacia una integración regional que exige que los recursos naturales beneficien a las poblaciones locales. Este nuevo anticolonialismo africano no es violento ni xenófobo: es soberanista, pragmático y profundamente consciente de la historia. África ya no acepta lecciones de quienes la saquearon durante siglos.
China versus Occidente: la percepción global cambia
La presencia china en África no es filantrópica, responde a intereses estratégicos. Pero la diferencia cualitativa con el modelo occidental es abismal. Occidente interviene con condicionalidad política, exigencias de reformas que benefician al capital extranjero, respaldo a regímenes dóciles y bases militares. China invierte en infraestructuras sin exigir cambios constitucionales, respeta formalmente la soberanía (no hay bases militares chinas en África) y evita los sermones del FMI. Su modelo de ganar-ganar, aunque asimétrico, permite a los países africanos conservar su margen de maniobra. No humilla ni impone: trata a los líderes africanos como socios, no como alumnos aventajados.
Esto tiene un reflejo claro en la opinión pública global. Según recientes estudios de fundaciones occidentales, la percepción positiva de China avanza mientras Estados Unidos e Israel son considerados un problema. Por primera vez en décadas, el principal socio comercial del mundo —China— es visto como un estabilizador, mientras que la principal potencia militar —EE. UU.— es percibida como fuente de desorden, e Israel como un Estado paria que actúa al margen del derecho internacional. Ese cambio no es casualidad: es el resultado de años de dobles raseros y de una propaganda occidental que ya no convence a nadie.
Los frentes de una guerra mundial
Retomo mi tesis: esto es una guerra mundial, aunque no con trincheras clásicas. Sus frentes son difusos pero reales: el bélico directo (Ucrania, Gaza, Sudán, el Sahel, Líbano); el económico (sanciones, guerra de divisas, desdolarización acelerada); el tecnológico y comercial (semiconductores, 5G, inteligencia artificial); el informativo y cognitivo (la verdad fragmentada como arma); y el moral y jurídico (descrédito de las instituciones internacionales cuando protegen a unos y abandonan a otros). El hecho de que Arabia Saudí fuese el invitado de honor en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo 2026 mientras mantiene su alianza energética con Rusia demuestra que los bloques ya no son rígidos.
El giro hacia el Sur Global
El foro fue una demostración clara de que la apuesta rusa por orientar su economía y alianzas hacia Asia, Oriente Medio y África es imparable. Participaron representantes de más de 130 países (más que en años anteriores a la guerra), con una delegación china encabezada por el vicepresidente Han Zheng y con África como protagonista gracias a la presidenta tanzana. Arabia Saudí como país invitado de honor simbolizó el giro hacia Oriente Medio. Figuras como la exministra de Exteriores austriaca, Karin Kneissl, sentenciaron que Europa ha dejado de ser un centro de atracción económico por sus propios errores ideológicos.
La respuesta occidental fue ambivalente. Mientras Bruselas mantenía un perfil bajo, un eurodiputado luxemburgués admitió que los planes para aislar a Rusia han fracasado. La señal más elocuente fue la participación, por primera vez en una década, de una treintena de empresas estadounidenses, mostrando un optimismo cauto ante un posible regreso al mercado ruso. Los negocios hablan más alto que la política. Y en el plano militar, Putin reclamó avances en Ucrania y desveló detalles del misil hipersónico Oreshnik como nueva señal de disuasión.
El Foro Económico Internacional de San Petersburgo 2026 no fue una anomalía. Fue un escaparate de lo que ya existe: un mundo sin centros hegemónicos capaces de imponer su voluntad. Rusia resiste las sanciones. China construye rutas alternativas. África elige a sus socios. Oriente Medio diversifica alianzas. América Latina debate su lugar en el nuevo tablero. E Irán, con su capacidad nuclear, ha entrado en la sala de los pesos pesados.
La pregunta no es si Occidente perderá su hegemonía —ya la está perdiendo—. La cuestión es si será capaz de reconocerlo a tiempo y participar en la construcción de un orden multipolar con reglas justas, o si persistirá en la arrogancia moral que le ha llevado a justificar masacres mientras condena otras. Soy pesimista sobre la capacidad de autocrítica de los dirigentes occidentales. La ruina moral que permite la limpieza étnica en Palestina —con Israel como verdadera causa de la guerra— es la misma ruina que les impide ver que el mundo ya no les pertenece. Pero soy optimista sobre la humanidad: el resurgir de África, la firmeza del Sur Global, la coherencia de aliados como Irán, Hezbolá y Yemen con la causa palestina, y la emergencia de nuevas formas de cooperación entre iguales nos muestran que otro mundo es posible.
