Israel, la guerra su mejor negocio

Hay algo que me lleva tiempo rondando la cabeza y que no termino de ver analizado en ningún sitio con la honestidad que merece. Todo el mundo habla del conflicto en Oriente Medio como si fuera una sucesión de tragedias desconectadas, como si cada bomba cayera en el vacío sin que nadie saliera beneficiado. Pero claro, si te haces esa pregunta —¿quién gana con todo esto?— ya estás entrando en territorio incómodo. Ya eres un “conspiranoico”. Ya eres un problema.

Pues vamos a ser un problema.
Hay pocas cosas que el estado ocupante de Israel desee más que ser reconocido como una potencia energética. No como un actor secundario, no como un proveedor regional menor, sino como un verdadero hub energético que conecte el Mediterráneo Oriental con Europa, que dicte condiciones a sus vecinos y que use el gas y el petróleo como palancas de influencia geopolítica de la misma manera que ha usado la tecnología militar, la vigilancia masiva y los acuerdos de normalización para consolidar su hegemonía en la región.

Ilustración editorial geopolítica: Israel como nodo energético en Oriente Medio en llamas

Este proyecto no es nuevo. Desde el descubrimiento de los yacimientos de Leviathan y Tamar en las aguas del Mediterráneo Oriental a principios de los años 2010, el estado ocupante de Israel ha trabajado sistemáticamente para posicionarse como el gran exportador de gas hacia Europa, una Europa que, tras la ruptura con Rusia motivada por la guerra en Ucrania, busca desesperadamente alternativas energéticas. El memorando de entendimiento firmado en 2022 entre Israel, Egipto y la Unión Europea para exportar gas israelí hacia el continente no fue casualidad: fue el resultado de años de lobby, de presión diplomática y de una estrategia muy clara sobre qué papel quería jugar el estado ocupante en el tablero energético global.

Pero para que Israel se consolide como ese hub energético indispensable, necesita algo que va más allá de tener gas en el subsuelo marino. Necesita que la competencia desaparezca, o al menos que quede lo suficientemente debilitada como para no representar una amenaza seria. Y aquí es donde la situación en Oriente Medio adquiere una dimensión que los grandes medios occidentales evitan analizar con la profundidad que merece.

Vamos a hablar de algo que casi nadie está poniendo encima de la mesa con claridad, y que sin embargo está ahí, delante de nuestras narices, si uno se molesta en mirar el mapa sin que le tiemblen las manos.

La guerra actual en Irán, los ataques a infraestructuras en el Golfo, la amenaza constante sobre el estrecho de Ormuz y el de Bab el-Mandeb… todo eso que se presenta como un problema para la estabilidad regional es, para el estado ocupante de Israel, algo muy parecido a un regalo.

Y no lo digo como metáfora.

Cuando el estrecho de Ormuz se cierra o se vuelve inseguro, aproximadamente el veinte por ciento del petróleo mundial tiene un problema serio para llegar a su destino. Lo mismo pasa con Bab el-Mandeb, esa angosta franja de agua entre Yemen y Yibuti que conecta el Mar Rojo con el golfo de Adén. Los hutíes ya demostraron hace tiempo que pueden convertir ese paso en una pesadilla logística para cualquier petrolero que intente cruzarlo. Y cuando esas rutas marítimas fallan, o simplemente cuando los seguros se disparan porque nadie quiere arriesgar un barco en esas aguas, la pregunta que se hacen los compradores europeos y asiáticos es siempre la misma: ¿por dónde llevamos el petróleo si no es por el mar?

Ahí es exactamente donde aparece Israel con la solución preparada.

Porque no estamos hablando solo de gas. Estamos hablando de oleoductos. De convertir territorio israelí —o más exactamente, territorio palestino ocupado— en el corredor terrestre que sustituya a las rutas marítimas cuando estas se vuelvan inviables. Ya existe infraestructura parcial para ello. El oleoducto Eilat-Ashkelon, que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo atravesando Israel, lleva décadas operativo y ha sido históricamente usado para transportar petróleo del Golfo hacia Europa evitando el canal de Suez. No es una idea nueva. Es una infraestructura que ya existe y que, en un escenario de inestabilidad prolongada en el Golfo, se vuelve estratégicamente fundamental.

Lo que Israel quiere —y esto hay que tenerlo claro— no es solo vender su propio gas. Es convertirse en el nodo por donde pasa la energía de otros. El intermediario indispensable. El país sin el cual Arabia Saudí, Kuwait o Iraq no pueden hacer llegar su petróleo a los mercados occidentales de forma segura. Eso es un poder enorme. Eso no es ser un proveedor más: es tener a los productores del Golfo en una posición de dependencia estructural respecto a ti.

Y para entender por qué esto no es fantasía sino estrategia, hay que mirar la historia reciente sin dejarse engañar por el ruido.

La inestabilidad en Oriente Medio no ha sido un accidente. Ha sido una política. La invasión de Iraq en 2003, diseñada y ejecutada por los aliados estadounidenses con el apoyo entusiasta del estado ocupante, destruyó el único contrapeso árabe secular que podía disputar la hegemonía regional. Libia fue liquidada en 2011. Siria lleva más de una década en guerra, con infraestructura destruida y territorio fragmentado. El Líbano ha sido golpeado una y otra vez hasta convertirlo en un Estado que no termina de funcionar nunca. Yemen lleva años siendo bombardeado hasta la miseria.

generated-image.png

¿Casualidad? En cada uno de esos casos, el estado ocupante de Israel y sus aliados estadounidenses estuvieron presentes: directamente, indirectamente, diplomáticamente, militarmente. El patrón es demasiado consistente para ignorarlo. Cada país árabe que podría haber construido una alternativa regional viable ha acabado fragmentado, empobrecido o directamente destruido. Y en cada caso, Israel ha salido relativamente reforzado.

Ahora bien, lo que está pasando con Irán y los ataques a infraestructuras del Golfo añade una dimensión nueva. Porque si antes la estrategia era eliminar competidores políticos y militares, ahora el efecto colateral —o no tan colateral— es eliminar competidores energéticos. Cada ataque hutí a una instalación de Aramco, cada amenaza de cierre del estrecho de Ormuz, cada mes en que los cargamentos del Golfo tienen que pagar seguros disparados o buscar rutas alternativas, es un mes en que la propuesta israelí de convertirse en corredor energético terrestre gana argumentos.

No hace falta que en Tel Aviv estén brindando abiertamente con cada misil que cae sobre Arabia Saudí. No hace falta coordinación explícita. La lógica funciona sola: cuando el caos hace inviables las rutas del Golfo, la solución terrestre que pasa por Israel se vuelve más atractiva. Y ellos lo saben. Llevan décadas sabiendo que su posición geográfica, entre el Mar Rojo y el Mediterráneo, es una ventaja estratégica enorme si consiguen que las alternativas marítimas fallen o se encarezcan lo suficiente.

La imagen que hay que tener en la cabeza es esta: Arabia Saudí, Kuwait, Iraq produciendo el petróleo. Irán generando la inestabilidad que bloquea las rutas. Y el estado ocupante de Israel esperando tranquilamente en el medio, con los oleoductos listos, ofreciéndose como la única salida viable. Los productores del Golfo, que durante décadas han tenido el poder que da el control de sus recursos, pasarían a ser simples proveedores de materia prima cuya distribución dependería de un intermediario israelí instalado en tierras robadas al pueblo palestino.

Esta es la visión estratégica de largo plazo del estado ocupante. No es nueva, no es improvisada y no va a desaparecer mientras Israel exista tal y como está concebido: como un proyecto de expansión colonial sostenido por la potencia imperial estadounidense. El genocidio en Gaza, la destrucción del Líbano, la desestabilización regional no son solo crímenes —que lo son— sino también pasos hacia ese objetivo económico y geopolítico que rara vez se nombra con claridad.

Mientras exista el estado ocupante de Israel con esta lógica de fondo, la paz en la región no le interesa. Le interesa el caos controlado. El suficiente desorden para que los demás no puedan construir alternativas, pero no tanto como para que sus propias infraestructuras queden expuestas. Un equilibrio perverso, pero perfectamente calculado.

Claro que hay un problema con todo este esquema tan bien diseñado, con esta estrategia tan calculada de décadas, con este proyecto de convertirse en el intermediario energético indispensable de Oriente Medio mientras los demás se destrozan entre sí.

El problema es que a veces el caos que uno alimenta deja de obedecer.

El estado ocupante de Israel lleva años jugando con fuego en una región donde el fuego no siempre se queda donde lo pones. La escalada con Irán, que empezó como una serie de operaciones de “máxima presión”, de asesinatos selectivos, de sabotajes a instalaciones nucleares, de proxies atacando proxies, ha llegado a un punto en que ya no está tan claro quién controla la intensidad del conflicto. Irán no es Iraq en 2003. No es Siria. No es Líbano. Es un Estado con capacidad militar real, con misiles de largo alcance, con drones que han demostrado poder llegar donde quieren llegar, y con muy pocas razones para seguir conteniendo la respuesta.

Y aquí está la ironía que ningún analista del establishment quiere pronunciar en voz alta: si la escalada se va del todo de las manos, si Irán decide que ya no tiene nada que perder y responde con todo, el estado ocupante de Israel —ese hub energético en construcción, ese nodo indispensable del futuro, esa plataforma de distribución de petróleo y gas— puede quedar reducido a cenizas. Literalmente.

Los yacimientos de Leviathan están frente a la costa. El oleoducto Eilat-Ashkelon cruza el territorio. Las terminales, los puertos, las infraestructuras de distribución están todas concentradas en un territorio pequeño, extremadamente pequeño, que en caso de guerra total sería el objetivo número uno de cualquier adversario regional con capacidad de largo alcance. No hay dispersión geográfica posible. No hay profundidad estratégica. Israel es un país que se cruza en coche en dos horas.

Pero claro, mientras eso no pase, mientras la escalada se mantenga en ese nivel de caos “manejable” que tanto les conviene, el negocio sigue. Y mientras el negocio siga, hay que mantener la apuesta. Porque así es como funciona la lógica del estado ocupante y de sus socios en Washington: especulando. Con el petróleo, con el gas, con los contratos de armamento, con los mercados financieros que se mueven cada vez que hay un misil en el aire sobre el Golfo Pérsico o una declaración del demenciado Trump.

La guerra, al fin y al cabo, es el mejor activo que tienen en cartera. Y como todo especulador, confían en poder salirse antes de que el mercado se desplome del todo.

El problema con los mercados, ya se sabe, es que a veces la burbuja explota antes de que puedas salir.

No hay una conclusión cómoda aquí porque el problema no tiene solución cómoda. Lo que existe es una dinámica de poder en la que el estado ocupante de Israel, respaldado por su aliado estadounidense, usa la inestabilidad regional y las intervenciones militares como herramientas de acumulación económica y de consolidación geopolítica. En cualquier otro país del mundo, una estrategia así sería denunciada como lo que es: la manipulación del caos ajeno en beneficio propio, la guerra como instrumento de política económica, el genocidio como palanca de los negocios.

Pero ya sabemos cómo funcionan las reglas del juego cuando el que juega lleva la bandera que lleva y tiene detrás al socio que tiene. Las mismas reglas que condenarían a cualquier otro actor por mucho menos se doblan, se reinterpretan o simplemente desaparecen cuando se trata del estado ocupante de Israel y de sus aliados en Washington.

El petróleo seguirá fluyendo. Las bombas también.

COMPARTE

¡Afiliate!

Si quieres unirte a Soberanía y Trabajo, danos tus datos y nos pondremos en contacto contigo.