El enemigo tiene nombre propio (y eso es exactamente el problema)
Hay algo profundamente satisfactorio en señalar con el dedo. En poner cara al mal. En decir: ahí está, ese es el culpable, ese es el que nos roba, el que nos explota, el que destruye el mundo. Juan Roig. Amancio Ortega. Elon Musk. Bill Gates. Trump. Netanyahu. La lista tiene nombres, apellidos, a veces hasta motes “cariñosos” que usamos para referirnos a ellos en los bares y en los hilos de Twitter como si los conociéramos de toda la vida.
Y claro que hay algo de razón en ello. No son santos. No son víctimas. No merecen que nadie llore por ellos cuando les suben los impuestos o cuando algún trabajador de sus empresas se atreve a revelarse. Pero hay un problema gordo, un problema que conviene nombrar antes de seguir señalando: confundir al perro con la correa.
Porque la correa sigue ahí aunque cambies de perro.

Pensemos en Juan Roig un momento. El señor de Mercadona. El hombre que habla de los «jefes» y los «subordinados» con esa franqueza que a algunos les parece entrañable y a otros les provoca urticaria. Juan Roig es real, tiene cara, tiene declaraciones, tiene una fortuna que da vértigo. Pero pregúntate esto: si Juan Roig mañana tuviera una epifanía mística, regalara todo su dinero y se fuera a un monasterio a meditar, ¿desaparecería Mercadona? ¿Se acabarían las condiciones laborales de sus trabajadores, los contratos de distribución que asfixian a los pequeños productores, la presión sobre los precios que deja sin margen a los agricultores?
La respuesta, evidentemente, es no. Habría otro Juan Roig. Con otro nombre, otra cara, quizás mejores modales en las ruedas de prensa, pero haciendo exactamente lo mismo. Porque no es Juan Roig quien impone esas condiciones: es la lógica de un mercado que premia la “eficiencia” por encima de las personas, que convierte la reducción de costes en una virtud casi moral, que aplaude al que más aprieta siempre que lo haga con una sonrisa en la cara y un discurso sobre «la familia Mercadona».
Con Amancio Ortega el juego es parecido. El hombre más rico de España durante años, el que construyó un imperio textil mientras en Bangladesh se derrumbaban fábricas con trabajadoras dentro cosiendo la ropa que luego se vendía en sus tiendas. Amancio Ortega, el enemigo perfecto para una izquierda que necesita villanos con nombre propio.
Pero Zara no es Amancio Ortega. Zara es un modelo productivo. Es la externalización de la producción hacia países donde los salarios son tan bajos que cuesta más el café que se toman los directivos en sus reuniones que lo que cobra una costurera en un turno de doce horas. Ese modelo existía antes de Ortega y existirá después. De hecho, existe en paralelo, en cientos de empresas con otros nombres en otros países. La pregunta no es si Amancio Ortega es una buena persona. La pregunta es qué tipo de sistema convierte en millonario a quien mejor sabe apretar esa tuerca.
Saltemos el charco. Elon Musk. Ah, Elon Musk, el hombre que se ha convertido en el villano favorito de medio mundo progresista en los últimos años. Y mira, hay material de sobra. Ha comprado una red social y la ha usado como megáfono ideológico. Ha tratado a sus trabajadores con un desprecio que haría sonrojar a un capataz del siglo XIX. Ha intervenido en procesos electorales de varios países con la desvergüenza de quien sabe que el dinero compra más que votos.
Pero Elon Musk tampoco es el origen del problema. Es su síntoma más visible, más escandaloso, más fotogénico. La acumulación de riqueza obscena, la influencia política comprada, la ausencia de contrapesos reales al poder privado: todo eso existía antes de Musk y seguirá existiendo cuando Musk sea historia. Habrá otro multimillonario excéntrico con ganas de jugar a ser el protagonista de la historia. Probablemente ya está esperando entre bastidores.
Y sin embargo, hay algo todavía más gracioso que Elon Musk comprando Twitter. Es la reacción de una parte del activismo digital ante esa compra. La solución que encontraron, con toda la seriedad del mundo, fue… irse a otra red social. Bluesky, Threads, la que tocara ese mes. Plataformas presentadas como «el Twitter de la gente», «la alternativa libre», «el espacio donde los fascistas no mandan». Y vale, allá fueron, con sus biografías actualizadas y sus proclamas de resistencia digital.
El problema es que algunas de esas alternativas «éticas» dependen de infraestructuras privadas, de inversión de capital riesgo, de decisiones corporativas que se toman en despachos igual de opacos que el de Musk. Bluesky, por poner el ejemplo más sonado, nació bajo el paraguas de Twitter. Y la historia se repite con una puntualidad que ya cansa: la red alternativa crece, atrae usuarios, se llena de contenido, empieza a ser relevante… y entonces aparecen las decisiones de moderación cuestionables, los cambios de política, los intereses económicos que afloran cuando la plataforma ya vale lo suficiente como para que alguien quiera sacarle partido.
Porque una red social privada depende de su dueño. Da igual que ese dueño lleve camiseta en lugar de corbata, que use lenguaje inclusivo en sus comunicados o que haya donado dinero a alguna ONG con buena prensa. Mientras sea una empresa privada con inversores detrás, las reglas las pone quien pone el dinero. Siempre. Sin excepción. Y los «activistas» que migran de red en red buscando el refugio digital donde por fin se respire libertad tienen algo adorablemente ingenuo: siguen buscando un amo bueno en lugar de preguntarse por qué necesitan un amo.
Hay que reconocerles la energía, eso sí.
Y Bill Gates, ese otro villano favorito, esta vez de los conspiranoicos. Gates que quiere controlar el mundo con vacunas, Gates que compra tierras agrícolas en Estados Unidos, Gates que decide qué investiga la OMS con sus donaciones. Todo real, por cierto, todo cuestionable. Pero Gates tampoco inventó el sistema por el cual un señor puede acumular suficiente fortuna como para tener más influencia sobre la salud global que muchos estados soberanos. Ese sistema estaba ahí mucho antes de que Gates escribiera su primer código.
Trump merece capítulo aparte, aunque no por las razones que sus críticos suelen dar. Trump es interesante precisamente porque demostró algo que muchos no querían ver: que el problema no era Trump. Cuatro años después de que se fuera, el mundo que él representaba seguía ahí. Sus votantes seguían ahí. Sus ideas seguían ahí. Y volvió. Como vuelven siempre las ideas cuando no atacas las condiciones que las producen, sino solo a quien las enuncia en ese momento.
Trump es el producto de décadas de desindustrialización, de comunidades destruidas por el libre comercio que prometía prosperidad y trajo precariedad, de una clase trabajadora a la que la izquierda liberal abandonó por considerarla políticamente incorrecta. Puedes odiar a Trump todo lo que quieras. Puedes celebrar cada tropiezo judicial, cada escándalo, cada foto ridícula. Pero mientras no cambien las condiciones materiales que lo hicieron posible, Trump o su sucesor seguirán siendo una opción electoral perfectamente viable para millones de personas.
Pero hay otro problema que pocas veces se nombra, y es quizás el más perverso de todos: cada vez que señalamos a uno de estos hombres por su nombre, les hacemos un favor.
No es un chiste. Es mecánica pura. Cuando millones de personas hablan de Elon Musk, aunque sea para insultarlo, Elon Musk crece. Cuando los medios alternativos, los perfiles de izquierdas y los grupos de Telegram dedican artículos, hilos y vídeos a desmontar cada declaración de Trump, Trump llena estadios. Que hablen de ti aunque sea mal sigue siendo publicidad, y estos personajes lo saben mejor que nadie porque son, antes que cualquier otra cosa, productos del sistema mediático y económico que supuestamente criticamos.
Sus seguidores no les siguen a pesar de las críticas. Les siguen, en parte, gracias a ellas. Cada ataque fundamentado, cada dato bien documentado, cada hilo demoledor se convierte en combustible para la narrativa del mártir perseguido. «Ven cómo me atacan, ven cuánto miedo les doy, ven cómo el sistema —ese sistema que misteriosamente nunca se llama por su nombre— intenta silenciarme.» Y sus acolitos asienten, comparten, donan, votan.
Porque estos personajes son hijos del sistema, no sus enemigos. Y como hijos del sistema, tienen todas las herramientas del sistema a su disposición: las redes sociales que ellos mismos poseen o financian, los medios que dependen de su publicidad, los algoritmos que amplifican el escándalo por encima del análisis. Puedes tener la crítica más sólida, más documentada, más impecable del mundo. Ellos tienen el altavoz. Y con el altavoz, cualquier cosa se puede dar la vuelta, reencuadrar, convertir en victimización y salir airoso ante su audiencia como si nada hubiera pasado.
Y aquí llegamos al nudo más difícil de desatar. Porque si señalar a los poderosos por su nombre les da publicidad y les convierte en mártires, y si ignorarlos tampoco cambia las estructuras que los producen, ¿qué queda?
Queda lo más lento, lo más incómodo, lo menos viral: que la gente aprenda a reconocer la crueldad del sistema por sí misma, sin que nadie le diga a quién hay que odiar esta semana. Que los oprimidos aprendan a identificar los mecanismos de su opresión sin necesidad de que alguien les entregue una lista de villanos plastificada. Porque una persona que entiende cómo funciona el engranaje que la aplasta no necesita que le señalen al operario de turno. Y sobre todo, no confunde cambiar de operario con desmantelar el engranaje.
El peligro real no es que la gente odie a Juan Roig o a Netanyahu. El peligro es que canalice toda esa energía en querer cambiar de amo en lugar de cuestionar la esclavitud. Que la rabia legítima se convierta en fandom de otro líder carismático que promete ser diferente, que habla más bonito, que tiene mejor estética en Instagram, pero que en cuanto llega al poder descubre, convenientemente, que las estructuras son muy complicadas de cambiar y que hay que ser pragmático.
Hemos visto esa película demasiadas veces. Sabemos cómo termina.

Incluso Netanyahu. Un nombre que hace chirriar los dientes. Décadas en el poder, con interrupciones, con regresos, con juicios pendientes que nunca terminan de resolverse, con una capacidad de supervivencia política que desafía toda lógica. El responsable directo de lo que ocurre en Gaza, en Cisjordania, en el Líbano. Y sí, hay responsabilidad personal, hay decisiones tomadas, hay órdenes firmadas.
Pero Netanyahu tampoco opera en el vacío. Opera dentro de una estructura de alianzas internacionales, de intereses geopolíticos, de apoyo militar y económico incondicional por parte de potencias que tienen sus propias razones para que esa región del mundo funcione como funciona. Si Netanyahu desapareciera del mapa político mañana, ¿cambiaría la política de asentamientos? ¿Se detendría el suministro de armas? ¿Se revisarían los vetos sistemáticos en el Consejo de Seguridad? La historia reciente sugiere que no. Porque lo que Netanyahu representa no es una anomalía de carácter: es la expresión de una estrategia de Estado sostenida por intereses que van mucho más allá de un hombre concreto con corbata y escándalo judicial pendiente.
Todo esto no es un llamamiento a la indiferencia. No se trata de decir «todos son iguales» o «da lo mismo quién gobierne» o ese tipo de resignación cínica que tanto le gusta a la gente de derechas cuando quiere desmovilizar. No. Se trata de algo diferente: de aprender a ver la película completa en lugar de quedarse mirando al actor que sale en pantalla en este momento.
Porque la izquierda lleva demasiado tiempo librando batallas culturales contra personas cuando debería estar cuestionando arquitecturas. Celebramos cuando cae un ministro corrupto y al mes siguiente hay otro ministro corrupto. Aplaudimos cuando un CEO dimite en medio de un escándalo y a los tres meses hay otro CEO con exactamente las mismas prácticas y un discurso de responsabilidad corporativa más pulido. Nos obsesionamos con los nombres en los titulares y nos olvidamos de preguntar quién escribe las reglas del juego, quién se beneficia de que esas reglas sean así, y por qué nadie con poder real tiene ningún interés en cambiarlas.
El problema no es que Juan Roig sea mala persona. El problema es que el sistema premia a quienes actúan como Juan Roig y castiga a quienes actúan de otra manera. Eso es lo que hay que cambiar. Eso es lo que cuesta más explicar en un tuit, más vender en un titular, más convertir en trending topic. Pero es lo único que importa de verdad.
Porque puedes cambiar el perro cuantas veces quieras. La correa sigue siendo la misma.