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El Despertar del Sur Global y la Crisis de las Izquierdas Europeas: Un Análisis desde el papel de Sovintern

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El Despertar del Sur Global y la Crisis de las Izquierdas Europeas: Un Análisis desde el papel de Sovintern

Por Carlos Martínez, politólogo (*)

Introducción: Un mundo en recomposición

Vivimos un momento histórico de profundas transformaciones geopolíticas. El orden mundial unipolar que emergió tras la caída del Muro de Berlín está agrietándose por todos los costados, y en sus fisuras aparecen nuevas fuerzas políticas, nuevas alianzas y, sobre todo, nuevos sujetos históricos que reclaman su lugar en la escena global. En este contexto, la Sovintern —la nueva red internacional socialista— ha irrumpido con una visión clara y, para muchos, polémica: el futuro del socialismo ya no se juega en la vieja Europa, sino en los territorios del Sur Global. Esta afirmación, que puede sonar a provocación para los círculos de la izquierda tradicional europea, merece un análisis detenido, libre de sectarismos y anclado en la realidad material que el marxismo nos exige interpretar.
La Sovintern no es una organización sectaria ni una secta mesiánica. Su apuesta por las rebeliones, ilusiones, sueños y esperanzas de los pueblos del Sur parte de una constatación empírica: en América Latina, Asia y África están ocurriendo procesos de movilización popular, de construcción de soberanía y de resistencia al imperio que, por su intensidad y profundidad, no tienen parangón en el continente europeo. Esto no es un deseo ni una idealización del Sur; es una lectura realista de la correlación de fuerzas internacionales. Pero antes de adentrarnos en el análisis de cada región, conviene aclarar qué entendemos por Sur Global. No se trata de una categoría geográfica estricta, sino de un concepto político que designa a aquellos países y pueblos que han sido históricamente “subalternizados” por el colonialismo, el imperialismo y el capitalismo global. El Sur Global incluye a América Latina, África, gran parte de Asia y Oceanía, y también a las poblaciones empobrecidas del Norte Global. Es, ante todo, una posición en la división internacional del trabajo y en las relaciones de poder mundial.

América Latina: El patio trasero en llamas

América Latina ha sido tradicionalmente considerada por Estados Unidos como su; patio trasero, una zona de influencia exclusiva donde los intereses de Washington deben prevalecer por encima de cualquier soberanía nacional. Esta concepción, que hunde sus raíces en la Doctrina Monroe de 1823, ha experimentado en los últimos años una renovada agresividad. El Imperio —entendido como el conjunto de mecanismos políticos, económicos y militares que Estados Unidos despliega para mantener su hegemonía global— está invirtiendo cantidades ingentes de recursos para imponer en la región candidaturas de extrema derecha y pro imperialistas. Asfixiando de paso a Cuba tratando de rendirla por hambre e introduciendo algo muy confuso en Venezuela.
Estos esfuerzos no son nuevos, pero han adquirido una virulencia especial en el contexto del declive relativo de Estados Unidos como potencia hegemónica. Cuanto más se resquebraja su dominio, más recurre a métodos coercitivos, incluido el fraude electoral. Los casos de Perú y Colombia son paradigmáticos. En Perú, la destitución del presidente Pedro Castillo —un maestro rural de origen humilde que representaba una opción de cambio— y la posterior represión de las protestas populares evidenció hasta qué punto las élites locales, con el respaldo de Washington, están dispuestas a violentar la voluntad popular para mantener sus privilegios. En Colombia, la llegada al
gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez —la primera vicepresidenta afrodescendiente del país— fue recibida con una hostilidad constante por parte de los aparatos mediáticos y económicos, invirtiendo mucho en derrocar un gobierno progresista. La Sovintern ha optado por apoyar, sin complejos, a las candidaturas de izquierdas y centroizquierda en América Latina, consciente de que estas fuerzas, aun con sus contradicciones y limitaciones, representan la opción por la soberanía popular y el antiimperialismo. No se trata de un apoyo acrítico ni de una adhesión incondicional a cualquier gobierno que se autodenomine progresista. Se trata de reconocer que, en el actual contexto latinoamericano, estas candidaturas encarnan los intereses de los mundos del trabajo y del mundo indígena, dos sujetos históricos que han sido sistemáticamente excluidos de los beneficios del modelo neoliberal. Las operaciones que se preparan en México y Brasil —con la vista puesta en las elecciones de 2026 y 2028 respectivamente— son un ejemplo más de la ofensiva imperial. La derecha mexicana, alineada con los intereses de Washington, busca revertir los avances de la llamada Cuarta Transformación impulsada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, mientras que en Brasil la sombra del golpismo sigue planeando sobre el gobierno de Lula da Silva, que ha tenido que enfrentarse a una oposición feroz y a intentos de desestabilización institucional.

Europa: El territorio OTAN y la crisis de las izquierdas

Si América Latina es el escenario de una lucha abierta entre el soberanismo popular y el imperialismo, Europa presenta un panorama muy diferente y, para la izquierda soberanista, mucho más desolador. El continente europeo, o más exactamente el espacio de la Unión Europea, se ha convertido en un territorio plenamente integrado en la órbita de la OTAN y de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Esta integración no es solo militar —aunque el despliegue de tropas y bases estadounidenses en el continente sea significativo— sino también política, económica e ideológica. Las izquierdas; europeas, salvo honrosas excepciones, han asumido acríticamente el marco de la UE y de la alianza atlántica. Han renunciado a la lucha por la soberanía nacional, a la crítica del capitalismo financiero y a la construcción de una alternativa socialista. Peor aún: muchas de estas formaciones se han aliado de facto con Washington, el sionismo y con el montaje institucional de la UE, convirtiéndose en correas de transmisión de un orden que es profundamente antinacional, neoliberal y antipopular. Esta situación no es casual; responde a un proceso histórico de institucionalización de las izquierdas, que han sido cooptadas por el sistema a cambio de cuotas de poder y prebendas. La realidad actual en Europa, territorio OTAN, impide que grandes fuerzas mayoritarias se alcen por el soberanismo popular. La carencia de liderazgos consolidados —excepto en algunos países como Alemania, Gran Bretaña o Eslovaquia— dificulta la aparición de una izquierda por la soberanía. En el caso alemán, el surgimiento de figuras como Sahra Wagenknecht con su proyecto de izquierda nacional-popular, crítico con la OTAN y con la deriva belicista de la UE, representa una novedad significativa, aunque aún minoritaria. En Gran Bretaña, la salida de la UE —el Brexit— fue en su momento interpretada por muchos como un movimiento soberanista, aunque el gobierno británico se alineó plenamente con Washington en la guerra contra Rusia, demostrando que la soberanía formal no siempre se traduce en una política exterior independiente. Allí George Galloway y el WPB plantan cara. A su vez, las propias izquierdas a la izquierda —es decir, aquellas que se reclaman anticapitalistas, comunistas o socialistas revolucionarias— están cegadas por un sectarismo que dificulta su crecimiento y las fragmenta en pequeños grupos aislados y contradictorios. Muchas organizaciones, llevadas por un celo purista y muy crítico a todo lo que no se ajusta a sus moldes teóricos, han terminado cambiando de bando sin saberlo. Al negarse a construir frentes amplios soberanistas fuera del woke, al rechazar cualquier alianza táctica, al desdeñar las luchas concretas de la clase trabajadora o sectores muy combativos de agricultores o camioneros por considerarla reformistas;, han quedado reducidas a círculos que discuten entre sí pero queno inciden en la realidad política. Esta fragmentación es la mejor aliada del statu quo: una clase obrera dividida es una izquierda ineficaz. La Sovintern, consciente de este problema, debe insistir en la necesidad de clarificar la estrategia en Europa. No se trata de abandonar el continente ni de renunciar a la lucha por sus pueblos, sino de reconocer que el primer frente de batalla está en la UE, aunque no por razones de importancia estratégica en el plano internacional, sino porque es la retaguardia del imperialismo anglosajón junto con la propia anglosfera. Europa sigue siendo el mercado más rico del mundo y una pieza clave en el tablero geopolítico, precisamente por eso, la lucha allí es central para debilitar la capacidad de agresión del imperialismo contra el Sur Global.

Las élites europeas y el desastre de la guerra

Las élites de la Europa Occidental —los grandes empresarios, los banqueros, los políticos de los partidos tradicionales, los altos mandos militares y los altos funcionarios además de los medios de comunicación afines— están todas vendidas a los intereses de Estados Unidos y de las oligarquías anglosajonas. Esta afirmación puede parecer excesiva, pero basta observar la alineación automática de la UE con Washington en el conflicto de Ucrania para confirmarla. La UE ha asumido sin discusión la narrativa de la OTAN, ha impuesto sanciones económicas que han dañado más a sus propias economías que a Rusia, y ha enviado armas y financiación a Kiev, prolongando una guerra que solo trae muerte y destrucción. Quieren guerra contra Rusia, en lugar de volver a hacer del subcontinente vinculado a la UE un territorio productivo y con derechos sociales y sindicales. Esta deriva belicista tiene consecuencias devastadoras: la inflación, la pérdida de poder adquisitivo, el desmantelamiento del estado de bienestar, la precarización laboral, el encarecimiento de la vivienda, la falta de inversión en sanidad y educación públicas. La UE está convirtiendo su territorio en un desierto, un parque temático turístico para los ricos y un caos sin viviendas, escuelas u hospitales para las mayorías trabajadoras. El rearme europeo, impulsado por la OTAN y por los partidos que se dicen defensores de la democracia, supone una transferencia masiva de recursos públicos hacia la industria militar, recursos que se restan a la inversión social. Al mismo tiempo, las políticas de austeridad impuestas por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que limitan el déficit público, impiden a los estados miembros responder a las necesidades de sus poblaciones. El resultado es un continente envejecido, desindustrializado, endeudado y políticamente irrelevante, que vive de su pasado glorioso mientras se prepara para una guerra que no ha elegido.

Los recambios: El trumpismo europeo

Paradójicamente, el descontento popular ante esta situación no se está canalizando hacia la izquierda tradicional, sino hacia formaciones de extrema derecha que, con un discurso nacionalista y antiinmigración, logran capitalizar la indignación de las clases populares. Estos recambios a las izquierdas woke —así llamadas peyorativamente por su obsesión con temas identitarios en detrimento de la lucha de clases— son partidos vinculados más todavía, si cabe, al trumpismo, al capitalismo anglosajón y que apoyan la guerra y el rearme. Formaciones como PP o Vox en España, la Agrupación Nacional en Francia, la Liga en Italia o Alternativa para Alemania no ofrecen una alternativa al sistema; ofrecen una versión más dura y autoritaria del mismo. No cuestionan la OTAN, ni la UE, ni el capitalismo, sino que exigen como coartada, una gestión más fuerte de las fronteras y de la conflictividad social. Estos partidos son funcionales a las élites: desvían la ira popular hacia chivos expiatorios —inmigrantes, musulmanes, izquierdistas— y legitiman la represión, mientras mantienen intactas las estructuras de poder económico y militar. Esta dinámica de falsa oposición es especialmente peligrosa porque erosiona la confianza en la política y abre el camino a soluciones autoritarias. La derecha trumpista, que ya ha llegado al gobierno en Argentina con la figura de Javier Milei, también acecha en Europa, y no es improbable que en los próximos años veamos gobiernos de esta orientación en varios países europeos. Sería el triunfo del cinismo: la extrema derecha, que se presenta como anti establishment, es en realidad la mejor salvaguarda del establishment.

África: El continente que se levanta

En medio de este panorama sombrío, emerge con fuerza un continente que durante siglos ha sido expoliado, explotado y olvidado: África. África se levanta. Y sus revolucionarios piden a sus pueblos que no oigan los cantos de sirena de las patronales europeas, de las mafias europeas y de la cada vez menos rica e improductiva Europa/Unión y por tanto no abandonen sus naciones y pueblos. La sangría de cerebros que sufre África al objeto de conseguir mano de obra barata en una UE en crisis, es criminal. El despertar africano es uno de los procesos más importantes del siglo XXI. Tras décadas de neocolonialismo —ejercido a través de la deuda externa, la imposición de programas de ajuste estructural, el control de sus recursos naturales y la injerencia militar— los pueblos africanos están reclamando su soberanía. El Sahel, con la retirada de las tropas francesas de Mali, Burkina Faso y Níger, es el ejemplo más visible de esta rebelión anticolonial. Pero no es el único: en Sudáfrica, Etiopía, Nigeria y otros países, los movimientos sociales y políticos están cuestionando el orden impuesto desde el exterior.
África tiene una ventaja estratégica sobre Europa: su juventud. Mientras el continente europeo envejece, África tiene la población más joven del mundo, lo que representa un potencial inmenso para la transformación social. Además, el continente posee recursos minerales estratégicos —litio, cobalto, coltán, tierras raras— que son indispensables para la transición energética y para la industria tecnológica mundial. Quien controle esos recursos, controlará el futuro. La Sovintern apoya estos procesos de liberación africana, no porque sea un
gesto de solidaridad condescendiente, sino porque es consciente de que el destino de la humanidad está ligado al de África. Si el Sur Global se libera, el imperialismo será derrotado. Si África se levanta, Europa tendrá que replegarse. Pero esta lucha no es solo de los africanos, también es de los europeos que quieren emanciparse de sus propias élites.

La necesidad de reconstruir el internacionalismo de clase

El primer frente de la lucha internacionalista no es, por importancia, el del Sur Global, sino la retaguardia del imperialismo: Europa y la anglosfera. Allí donde se fabrican las armas, donde se diseñan las políticas de dominación, donde se acumula el capital que expolia al Sur, allí debe organizarse la resistencia. Hay que construir algo capaz de volver a juntar a la clase trabajadora europea, o que habita en Europa, en pos de sus intereses y de los de sus pueblos. Esta tarea es urgente y compleja. Requiere, en primer lugar, un análisis materialista y realista de la situación. El análisis marxista no es ni un dogma ni un recetario, sino un método para interpretar el mundo y transformarlo. La realidad europea exige construir sin sectarismo ni purismos estériles formaciones políticas del Trabajo y por el Socialismo que se dediquen a construir alternativas concretas en el terreno de lo posible, sin renunciar por ello a sus principios siendo el primero el soberanismo antiimperialista.
Hace falta volver a hacer del subcontinente vinculado a la UE un territorio productivo y con derechos sociales y sindicales. Esto implica nacionalizar sectores estratégicos, redistribuir la riqueza, garantizar el empleo y la vivienda digna, y, sobre todo, romper con el marco de la OTAN y la UE neoliberal. Solo así se podrá detener la deriva belicista y reconvertir una economía de guerra en una economía al servicio de las personas. La tarea de la izquierda europea soberanista es, pues, doble: por un lado, clarificar a la población sobre los verdaderos intereses de las élites que la gobiernan, mostrando que la guerra contra Rusia no es una guerra defensiva, sino una guerra imperialista; por otro lado, articular una alternativa política y social que ofrezca esperanza concreta a los trabajadores europeos. Sin esta segunda parte, la primera quedará en mera denuncia.

Conclusión: Recuperar la lucha de clases

Vivimos tiempos de incertidumbre, pero también de posibilidades. La crisis de la UE, la guerra en Ucrania, el ascenso de la extrema derecha, el despertar de África, la lucha de Irán, Hezbola, el pueblo palestino y la resistencia en América Latina son síntomas de una misma enfermedad: la crisis terminal del capitalismo neoliberal. En medio de este caos, emerge la necesidad de rescatar la lucha de clases como eje de la política. No se trata de una lucha abstracta, sino de una práctica concreta: defender los salarios, las pensiones, la sanidad y la educación pública; oponerse a la guerra y al rearme; construir alianzas con los movimientos sociales del Sur Global; recuperar la soberanía sobre los recursos naturales y las infraestructuras estratégicas; democratizar los medios de comunicación y las instituciones. Todo ello, sin perder de vista el horizonte final: una sociedad socialista, democrática y solidaria. La Sovintern, como red internacional socialista, tiene el desafío de tejer estos esfuerzos dispersos en un movimiento global coherente. No desde el dogmatismo ni desde la secta, sino desde la generosidad y la inteligencia política. Porque el socialismo no es una utopía ni un recuerdo del pasado; es, como enseñó Rosa Luxemburgo, la alternativa real a la barbarie que se nos avecina. Y para construirla, necesitamos todas las fuerzas dispuestas a luchar
por un mundo más justo. Hace falta razón, sí. Pero también pasión, coraje y esperanza. Los pueblos del Sur la tienen. Europa, si quiere  sobrevivir como espacio de civilización y de derechos, debe recuperarla.
(*) Es presidente de Soberanía y Trabajo

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