Comunicado: soberanía y trabajo
La cuenta atrás para iniciar la guerra contra Irán ha comenzado. Estados Unidos ha
situado en Oriente Medio la mayor concentración de poder aéreo desde la invasión de
Irak en 2003. La magnitud de las fuerzas y de los medios desplegados es tal que parece
haberse superado el umbral de una posible marcha atrás. El conflicto militar amenaza
con extenderse a toda la región.
No hay negociación real. Ni Israel ni Donald Trump esperarán, porque lo que se ha
presentado como diálogo no ha sido más que una sucesión de maniobras dilatorias.
Benjamín Netanyahu marca el ritmo a la Casa Blanca, mientras Trump, debilitado por
escándalos internos cada vez más graves, ha terminado por alinearse sin reservas con
las exigencias israelíes. Si en la guerra de junio de 2025 se utilizó como pretexto limitar
el uranio enriquecido iraní, ahora se exige la entrega total de ese material, el
desmantelamiento de los sistemas de defensa y ataque de Irán, la interrupción de sus
exportaciones energéticas a China y el fin de cualquier apoyo a la resistencia frente a
Israel. No se trata de una negociación: es un ultimátum imposible de aceptar. La
guerra, por tanto, puede ser cuestión de horas o de días.
La OTAN ya participa en el despliegue, apoyando abiertamente a Israel y a Estados
Unidos. La base aérea de Ramstein, en Alemania, y diversas bases españolas se han
convertido en centros neurálgicos de las operaciones. Una vez más, España pone su
territorio, su espacio aéreo y su infraestructura militar al servicio de una guerra de
agresión contra un país con el que no mantiene conflicto alguno.
Esta situación no es coyuntural, sino estructural. Nuestra política exterior y de defensa
está subordinada a los intereses estratégicos de la OTAN y de la Unión Europea. Las
decisiones fundamentales no se toman en función de las necesidades del pueblo
trabajador ni de la soberanía nacional, sino en función de compromisos militares y
geopolíticos definidos fuera de nuestras fronteras. España actúa como pieza logística
en una estrategia ajena, asumiendo riesgos políticos, económicos y de seguridad que
no responden al interés general.
El Gobierno de Pedro Sánchez vuelve a evidenciar esta dependencia, como ya ocurrió
en la guerra de Ucrania, priorizando alineamientos externos frente a una posición
soberana. El Ejecutivo formado por el PSOE y Sumar, con el respaldo de otras fuerzas
que se autodenominan de izquierda —al igual que anteriormente hizo el PP—, guarda
silencio ante una nueva guerra que amenaza con desestabilizar Oriente Medio y
agravar la inseguridad global.
Defender la soberanía y el trabajo exige romper con esta lógica de subordinación.
España no puede seguir actuando como plataforma militar de decisiones tomadas en
Washington o Bruselas. La paz, la neutralidad activa y la defensa de los intereses
populares deben situarse en el centro de cualquier política verdaderamente
democrática.
Soberania y trabajo.
