Los conflictos globales nos empobrecen: la geopolítica que pagamos en el súper
Por Carlos Martínez, politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo
Pensemos por un momento en nuestra última visita al supermercado. En el aceite, la leche, los huevos, el pan o la carne que hemos puesto en el carrito. Ahora comparemos el ticket con el de hace cinco años. Según el INE, la cesta de la compra se ha encarecido nada menos que un 37% en ese periodo. No es casualidad. No es un capricho del mercado. Es la consecuencia directa de las decisiones geopolíticas que toman nuestros gobernantes, casi siempre siguiendo los dictados de Estados Unidos.
Parece que lo que ocurre en el mundo no va con nosotros. Que la guerra en Ucrania, las sanciones a Rusia, el conflicto en Oriente Próximo o las tensiones con China son asuntos lejanos, cosa de diplomáticos y generales. Pero no es así. Cada una de esas decisiones impacta directamente en nuestro bolsillo, en la alimentación, en el combustible del coche, en el futuro de los hijos. Por eso es tan importante que un dirigente político se posicione ante el mundo. Porque donde pone el foco, pone el dinero público y, sobre todo, pone sus prioridades. Y esas prioridades determinan si vamos a poder llegar a fin de mes o no.
El empobrecimiento silencioso que ya sufrimos
Llevamos años sufriendo un empobrecimiento paulatino. No es que hayamos empobrecido de golpe. Es que cada mes nos cuesta un poco más. Un poco más la compra, un poco más la gasolina, un poco más mantener la casa caliente en invierno. Y las cifras son tozudas. En España, 7,8 millones de personas no pudieron mantener su hogar a una temperatura adecuada en invierno, una cifra que se ha duplicado desde 2019. El 25,7% de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social. Uno de cada tres niños en España vive en riesgo de pobreza.
Y todo esto mientras la riqueza global avanza a su mayor ritmo en casi una década, batiendo récords de millonarios. El 10% más rico del mundo concentra el 75% de la riqueza global, mientras que la mitad más pobre apenas posee el 2%. Las fortunas de los milmillonarios crecieron tres veces más rápido en 2025 que en los años anteriores. El capitalismo no está repartiendo riqueza, la está concentrando. Es un sistema que empobrece a la mayoría para enriquecer a unos pocos. Y nuestras élites, lejos de frenarlo, lo alimentan.
Las sanciones: un boomerang que nos golpea
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Occidente, encabezado por Estados Unidos, comenzó una política de imposición de sanciones a terceros países. La Unión Europea le siguió inmediatamente. Hoy, una amplia panoplia de estados soberanos —Rusia, China, Irán, Cuba— sufre sanciones económicas por no someterse a los caprichos occidentales. Productos agrarios e industriales que no se pueden vender ni comprar, movimientos bancarios bloqueados, limitaciones de viajes…
Pero aquí está la trampa: Rusia y China son grandísimos productores de energía, productos manufacturados y alimentos. Al dejar de comprarles, Europa ha tenido que buscar otros proveedores, y más caros. Y al dejar de venderles nuestros productos, se perjudican regiones enteras de nuestro propio continente. El resultado es que pagamos más por todo.
La UE ha pasado de importar el 29,2% del petróleo ruso en 2021 a solo el 1,4% en 2025. ¿Y qué ha pasado? Que hemos tenido que comprar ese petróleo y ese gas a Estados Unidos, que nos lo vende mucho más caro. El precio del gas natural en Europa ha sido volátil y elevado, y la guerra en Oriente Próximo ha provocado que los precios del gas suban un 36% esta primavera. El cierre del estrecho de Ormuz ha disparado el petróleo por encima de los 100 dólares el barril. Y todo eso, al final, lo pagamos nosotros en el surtidor y en el supermercado, porque los fertilizantes y el transporte también se encarecen.
Mientras tanto, Estados Unidos hace negocio. Vende su gas y su petróleo a la UE a precios inflados. Sus élites se enriquecen. Su pueblo, como el nuestro, también se empobrece. Pero las élites políticas europeas, sumisas, aplauden.
La pérdida de soberanía alimentaria y productiva
La UE, además, ha eliminado de facto nuestra soberanía alimentaria. Dependemos de importaciones de terceros países para productos básicos. Cuando sancionamos a grandes productores de trigo y minerales, nos estamos disparando en el pie. Y cuando apoyamos guerras, como la de Ucrania, desviamos dinero público para enviar armas en lugar de invertir en nuestras propias infraestructuras, en nuestra agricultura, en nuestra industria.
España, en particular, es un caso paradigmático. La UE nos ha desmochado. Ha destruido a sabiendas nuestro tejido productivo. Nos han convertido en una economía de servicios y turismo, rentista y estacional, que nos hace dependientes y vulnerables. El turismo no es malo en sí mismo si es moderado y no destruye nuestro tejido social, pero cuando es nuestra única apuesta, es nuestra perdición. Nos deja a merced de las crisis externas, sin industria propia, sin capacidad de producir lo que consumimos.
El Sur Global se organiza, nosotros nos quedamos atrás
Frente a este escenario, el Sur Global está respondiendo. Países como Rusia, China, Irán, Brasil, India y otros están organizando paulatinamente sus economías y buscando nuevos mecanismos financieros y de pago internacional que no dependan del dólar. La desdolarización avanza. El yuan chino gana terreno. Se están creando sistemas alternativos al dominio financiero de Occidente.
Mientras tanto, nosotros seguimos anclados en una OTAN y una UE que nos arrastran a conflictos que no son nuestros y que solo nos empobrecen. La UE es cada vez más decadente, menos importante en el mundo, y nos está llevando a la irrelevancia. Y España, como socio menor, paga las consecuencias. Pero es que incluso nuestra principal fuente de ingresos, el turismo, está en peligro si seguimos apostando por la guerra y la confrontación. ¿Quién va a querer venir a un país que se alinea con políticas belicistas?
Mirar hacia donde hay que mirar
No podemos ser ajenos a la situación geoestratégica. Lo que defienden nuestros dirigentes tiene consecuencias directas sobre nuestros derechos: el derecho a la alimentación, a una vivienda digna, al futuro de nuestros hijos. Cuando un dirigente europeo apoya la guerra contra Rusia, nos está privando de gas natural barato, de trigo, de minerales. Cuando castiga a China, que es el único socio comercial fiable del mundo, nos hace perder empleos y tecnología. Cuando sanciona a Irán, encarece el combustible. Cuando apoya a Israel y consiente sus matanzas en Palestina, provoca el cierre de Ormuz y las dificultades en el Mar Rojo, encareciendo aún más todo.
Por eso, desde Soberanía y Trabajo defendemos que hay que salir de la ecuación de la guerra. Hay que mirar hacia donde hay que mirar: hacia nuestros propios intereses, hacia nuestra soberanía, hacia la cooperación con todos los países del mundo, sin sumisión a nadie. Hay que recuperar nuestra capacidad de decidir, nuestra industria, nuestra agricultura. Hay que dejar de ser marionetas de una élite global que solo se preocupa por sus propios bolsillos.
El capitalismo neoliberal, tal como está planteado, no es más que un repartidor de pobreza para la mayoría y de riqueza para muy pocos. Nuestras élites políticas han demostrado una nula capacidad de gestión. Han vendido nuestro país, nuestra soberanía, nuestro futuro, a cambio de nada. Y nosotros, mientras tanto, pagamos la factura.
No podemos seguir así. Es hora de despertar. La geopolítica no es cosa de otros. La geopolítica es lo que determina si usted puede o no llenar la nevera. Y nosotros, los ciudadanos, tenemos derecho a saberlo, a exigir y a decidir.
